TIEMPO DE REFLEXIÓN
La voz que yo había oído, y
que salía del cielo, volvió a hablarme, y me dijo: “Anda y toma el rollito
abierto que tiene en la mano el ángel que está de pie sobre el mar y sobre la
tierra.” Fui al ángel y le pedí que me diera el rollito, y me contestó:
“Toma y cómetelo.
En tu boca será dulce como la miel, pero en tu estómago se
volverá amargo.” Tomé el rollito de la mano del ángel, y me lo comí; y en mi
boca era dulce como la miel, pero una vez que me lo comí, se me volvió amargo
en el estómago. Entonces me dijeron: “Tienes que comunicar nuevos mensajes
proféticos acerca de muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes.” Apocalipsis 10.8 – 11
Juan es un participante en
este gran drama que se está desarrollando ante nosotros. El ángel le requiere
hacer algo muy extraño. Por supuesto, esta acción de "comer" el
librito tiene un significado. Juan come ese librito siguiendo las instrucciones
del ángel, y el resultado es que el sabor dulce se transforma en amargo, tal
como se lo había anunciado el ángel.
El comer el librito
significa, por supuesto, el recibir la Palabra de Dios con fe, es decir,
recibir las enseñanzas de la Palabra de Dios. El profeta Jeremías, en el
capítulo 15, versículo 16, leemos: “Fueron halladas tus palabras, y yo las
comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón; porque tu
nombre se invocó sobre mí, oh Jehová Dios de los ejércitos”.
De modo que, Jeremías
compara a la palabra y el apoderarse de ella, con el degustar, saborear, y
comerla.
No se está hablando de pan,
pero así es la Palabra de Dios. Es pan, pero también puede resultar agridulce.
Es dulce conocer y
experimentar el amor, la misericordia y la fidelidad constante y permanente de
nuestro gran Dios. Pero ese aspecto dulce y reconfortante también tiene otra
faceta, cuando descubrimos que inevitablemente se acerca un juicio. Juan
recibió con asombro y entusiasmo la Palabra de Dios, pero contemplar los
juicios que seguirían, le produjo gran pena en su alma, y tristeza de corazón.
Fue dulce en su boca, pero amargo en su digestión.
Necesitamos pedir a Dios que
Él nos permita ver cómo Él ve las cosas, para comprender Su pensamiento
compasivo y redentor. Cuando miramos a nuestro alrededor, y vemos que nuestra
sociedad rechaza a Cristo, o simplemente le ignora, no podemos alegrarnos ante
estas circunstancias. Conocer el destino final, y el gran sufrimiento que el
justo juicio conllevará, nos dejará un sentimiento triste y amargo.
Así como Juan estaba
convencido, nosotros también debemos estarlo, de que todas las naciones y todos
los pueblos, de todas las razas y lenguas, deberían escuchar la Palabra de
Dios. No sólo escuchar las "buenas noticias" del amor de Dios, sino
que deben ser advertidos del juicio venidero que se acerca. Y aquellos que un
día pasarán por el período de la Gran Tribulación, sabrán en ese primer tiempo
de aparente paz y estabilidad, luego vendrán los sufrimientos y el fin para los
que mueran sin el Señor.
Dios les bendiga
abundantemente.
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