jueves, 25 de octubre de 2018

Leyendo... Oseas capítulo 6



LECTURA DIARIA:
Oseas capítulo 6

Un Israel aparentemente arrepentido retorna a Dios, pero su forma de expresarse le traiciona.
Todavía culpan a Dios de sus dificultades (él arrebató); y presumen de su gracia dando a entender que ya que él, no ellos, es el único culpable, está obligado a restaurarlos.
Esto es presunción, no un arrepentimiento genuino. El pueblo no comprendía la gravedad de sus pecados. No dejaban a los ídolos, no pedían otra oportunidad ni se arrepentían de sus pecados. Pensaban que la ira de Dios duraría solo unos días; ignoraban que su nación pronto sería llevada cautiva. Israel estaba interesado en Dios solo por los beneficios materiales que les daba; no valoraban los beneficios eternos que surgen al adorarlo.
El espíritu de esta respuesta de Dios a su pueblo pecador se refleja en las palabras de Jesús en Mateo 23.37: «¡Jerusalén… cuántas veces quise juntar a tus hijos… y no quisiste!» Las manifestaciones de arrepentimiento de Israel eran meramente transitorias, como nube o rocío.
Dios respondió al pueblo, señalando que su profesión de lealtad, como la niebla, se había evaporado y no tenía sustancia
Dios envió a los profetas para disciplinar la nación, pero al rechazarlos el pueblo se hacía acreedor de la pena que ahora sobrevendría.
Uno de los temas principales de Oseas es que Israel había roto el tratado, o pacto, que había hecho con Dios en Sinaí. Dios quería que Israel fuera una luz para todas las naciones, y si lo obedecía y lo proclamaba ante el mundo, le daría bendiciones especiales. Sin embargo, si rompía el pacto, sufriría diversos castigos, como debió saberlo. Tristemente, al igual que Adán en el Jardín de Edén, el pueblo violó el tratado y demostró que eran infieles a Dios.
Los sacerdotes, que debían ser vehículo de bendiciones y de vida para aquellos a quienes servían, conducen al pueblo por caminos de muerte.
Para que Judá no se sintiera orgullosa cuando viera la destrucción del reino del norte, Oseas dio una advertencia solemne. El Templo de Dios estaba en Judá (Jerusalén) y el pueblo pensaba que lo que le había pasado a Israel nunca podía pasarle a él. Sin embargo, cuando se corrompieron profundamente, también ellos fueron llevados en cautiverio.

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