martes, 9 de octubre de 2018

Leyendo... Daniel capítulo 3



LECTURA DIARIA:
Daniel capítulo 3

Aunque la providencia de Dios había establecido a Nabucodonosor como el gobernante más poderoso de aquella época, y le había concedido grandes privilegios, Dios no pretendía que los hebreos le rindieran culto a él o a su dios. La estatua de oro puede que haya sido una efigie de Nabucodonosor o de Bel, su ídolo o dios-demonio principal.
De todas maneras, los cuatro jóvenes hebreos fueron confrontados con el primer gran reto al compromiso que habían establecido con Dios desde su promoción a dignatarios del reino.
En la cultura religiosa de Babilonia se adoraban estatuas. Nabucodonosor esperaba que la adoración de esta estatua gigantesca (treinta metros de alto y tres de ancho) uniera a la nación y solidificara su poder. Esta estatua de oro pudo haber estado inspirada por su sueño. Sin embargo, en vez de tener sólo la cabeza de oro, era de oro desde la cabeza hasta los dedos de los pies. Nabucodonosor quería que su reino durara para siempre. Al hacer la estatua, demostró que su devoción por el Dios de Daniel no le había durado mucho. Ni temía ni obedecía al Dios que le había enviado el sueño.
Ante el firme rechazo de los jóvenes hebreos a postrarse ante la imagen les impusieron que inmediatamente serian echados dentro de un horno de fuego ardiendo.
El horno en cuestión no era un horno pequeño de los que se usan para cocinar o para calentar una casa. Era un enorme horno industrial que quizás se utilizaba para hornear ladrillos o fundir metales. La temperatura era tan alta que nadie podía sobrevivir a su calor. Sus devoradoras llamas se desbordaron por las aberturas y mataron a los soldados que se acercaron horno.
Daniel y sus amigos estaban determinados a nunca adorar a otro dios y valientemente se mantuvieron firmes. Por eso los condenaron a muerte. No sabían que serían librados del fuego; lo único que sabían era que no iban a inclinarse ante ningún ídolo.
Sadrac, Mesac y Abed-nego fueron presionados para negar a Dios, pero decidieron ser fieles ¡a cualquier precio! Confiaron en que Dios los libraría, pero estaban determinados a ser fieles a pesar de las consecuencias.
Una vez en el horno, el cual habían calentado siete veces más de lo acostumbrado, fueron echados los tres jóvenes. Pero ante el asombro del rey Nabucodonosor, una vez adentro, vió un cuarto hombre.
Dios envió a un visitante celestial para que acompañara a estos hombres fieles durante su momento de gran prueba.
Los jóvenes salieron ilesos del horno y Nabucodonosor reconoció que la salvación de los hebreos había sido obra de Dios.
Ni el fuego ni el calor los tocó. No se encontró ninguna quemadura en ellos, ¡y ni siquiera olían a humo! Sólo la soga que los ataba se había quemado.
Nabucodonosor reconoció que Dios es poderoso y ordenó a su pueblo que no hablara contra Él. No les dijo que debían deshacerse de los demás dioses, sino que debían añadir éste a la lista.

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