martes, 7 de octubre de 2025

Un momento... Una sociedad sin misericordia

 


UN MOMENTO CON DIOS

Una sociedad sin misericordia

 

“Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno; y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, amar misericordia, y humillarte ante tu Dios.” (Miqueas 6. 8)



Imaginar una sociedad sin misericordia es contemplar un mundo oscuro, rígido y carente de esperanza. La misericordia es el alma del trato humano, la fuerza que sostiene la compasión, el perdón, la paciencia y la comprensión entre personas imperfectas. Cuando desaparece, todo se vuelve juicio, castigo, orgullo e indiferencia.

En una sociedad sin misericordia, los errores no se perdonan, las debilidades se condenan, y el que cae es aplastado en lugar de levantado. En lugar de construir puentes, se levantan muros. Se exalta la justicia sin gracia, la ley sin compasión, la verdad sin amor. Y aunque pueda parecer ordenada en la superficie, una sociedad sin misericordia se convierte rápidamente en un terreno fértil para el resentimiento, la violencia y la desesperanza.

La Biblia nos muestra el valor de la misericordia como un principio esencial para la vida individual y colectiva. Miqueas 6. 8 dice: “Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno; y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, amar misericordia, y humillarte ante tu Dios.”
Dios no solo espera que seamos justos, sino que amemos la misericordia. Que la valoremos, que la practiquemos, que la pongamos en acción en nuestras relaciones cotidianas.

Jesús mismo fue un modelo perfecto de misericordia. Se acercó a los pecadores, tocó a los impuros, perdonó a los que otros condenaban, y enseñó que la misericordia debía estar por encima de los sacrificios religiosos. En Mateo 9. 13 dijo: “Misericordia quiero, y no sacrificio.” Su ministerio estuvo centrado en la restauración del corazón humano por medio del amor.

Sin misericordia, la sociedad pierde su humanidad. Los débiles no tienen lugar, los diferentes son excluidos, y la compasión es vista como debilidad. Pero donde hay misericordia, hay espacio para la esperanza, para el cambio, para la reconciliación.

La iglesia está llamada a ser luz en medio de esta oscuridad. Debemos ser ejemplo de misericordia activa, no solo predicarla, sino vivirla: en la familia, en el trabajo, con el vecino, con el enemigo. Solo así podemos contrarrestar la dureza de este mundo y sembrar semillas del Reino de Dios.

Una sociedad sin misericordia está condenada a destruirse a sí misma. Pero una sociedad donde reina la misericordia puede sanar, restaurar y renacer. Que seamos instrumentos de ese cambio.

Dios les bendiga abundantemente.

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