UN MOMENTO CON DIOS
Una sociedad sin misericordia
“Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno; y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, amar misericordia, y humillarte ante tu Dios.” (Miqueas 6. 8)
Imaginar una sociedad sin misericordia es contemplar un mundo oscuro, rígido y carente de esperanza. La misericordia es el alma del trato humano, la fuerza que sostiene la compasión, el perdón, la paciencia y la comprensión entre personas imperfectas. Cuando desaparece, todo se vuelve juicio, castigo, orgullo e indiferencia.
En una sociedad sin
misericordia, los errores no se perdonan, las debilidades se condenan, y el que
cae es aplastado en lugar de levantado. En lugar de construir puentes, se
levantan muros. Se exalta la justicia sin gracia, la ley sin compasión, la
verdad sin amor. Y aunque pueda parecer ordenada en la superficie, una sociedad
sin misericordia se convierte rápidamente en un terreno fértil para el
resentimiento, la violencia y la desesperanza.
La Biblia nos muestra el valor
de la misericordia como un principio esencial para la vida individual y
colectiva. Miqueas 6. 8 dice: “Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno; y
qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, amar misericordia, y
humillarte ante tu Dios.”
Dios no solo espera que seamos justos, sino que amemos la misericordia. Que la
valoremos, que la practiquemos, que la pongamos en acción en nuestras
relaciones cotidianas.
Jesús mismo fue un modelo
perfecto de misericordia. Se acercó a los pecadores, tocó a los impuros,
perdonó a los que otros condenaban, y enseñó que la misericordia debía estar
por encima de los sacrificios religiosos. En Mateo 9. 13 dijo: “Misericordia
quiero, y no sacrificio.” Su ministerio estuvo centrado en la restauración del
corazón humano por medio del amor.
Sin misericordia, la sociedad
pierde su humanidad. Los débiles no tienen lugar, los diferentes son excluidos,
y la compasión es vista como debilidad. Pero donde hay misericordia, hay
espacio para la esperanza, para el cambio, para la reconciliación.
La iglesia está llamada a ser
luz en medio de esta oscuridad. Debemos ser ejemplo de misericordia activa, no
solo predicarla, sino vivirla: en la familia, en el trabajo, con el vecino, con
el enemigo. Solo así podemos contrarrestar la dureza de este mundo y sembrar
semillas del Reino de Dios.
Una sociedad sin misericordia
está condenada a destruirse a sí misma. Pero una sociedad donde reina la
misericordia puede sanar, restaurar y renacer. Que seamos instrumentos de ese
cambio.
Dios les bendiga
abundantemente.

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