UN MOMENTO CON DIOS
Cuando la sal pierde su sabor:
una llamado urgente a la Iglesia
Jesús dijo: “Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada?” (Mateo 5. 13).
Esta afirmación no es solo una
metáfora, sino una advertencia profunda sobre la identidad y la misión de la
Iglesia en medio de una sociedad en crisis.
La sal tiene tres funciones
esenciales: da sabor, preserva y provoca sed. Cuando la Iglesia pierde estas
cualidades, deja de cumplir su propósito. En tiempos donde la injusticia, la
indiferencia y la confusión moral avanzan, el llamado a ser sal cobra más
urgencia que nunca.
Hoy, muchas comunidades
cristianas enfrentan el riesgo de diluirse en la cultura dominante, adaptándose
más al mundo que transformándolo. Cuando la Iglesia deja de denunciar el
pecado, de abrazar al quebrantado, de defender al vulnerable, pierde su sabor.
Cuando se acomoda al confort y al reconocimiento social, en lugar de vivir con
humildad, integridad y sacrificio, deja de preservar la verdad. Y cuando su
mensaje ya no provoca sed de Dios, de justicia, de renovación, se vuelve
irrelevante.
Ser sal implica incomodidad.
Implica resistir la corrupción, confrontar la mentira, y vivir con una
autenticidad que despierte hambre espiritual en otros. La Iglesia no está
llamada a ser popular, sino fiel. No está llamada a entretener, sino a
transformar. No está llamada a esconderse, sino a brillar con la luz de Cristo.
En este contexto, cada
creyente debe preguntarse: ¿Estamos dando sabor dónde estamos? ¿Estamos
preservando los valores del Reino en nuestro entorno?
La Iglesia que conserva su
sabor es aquella que vive las bienaventuranzas, que abraza la cruz, que
renuncia a todo por amor a Cristo. Es la que no negocia la verdad, pero la
comunica con gracia. Es la que no se conforma a este siglo, sino que se
transforma por la renovación del entendimiento (Romanos 12. 2)
Que esta reflexión nos lleve a
recuperar el sabor perdido. Que seamos sal viva, que preserve la esperanza, que
despierte sed de eternidad, y que transforme esta generación con el poder del
Evangelio.
Dios les bendiga
abundantemente.

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