viernes, 24 de octubre de 2025

Un momento... Cuidado: No añadir ni quitar a la Palabra de Dios

 


UN MOMENTO CON DIOS

Cuidado: No añadir ni quitar a la Palabra de Dios

 

 “Yo declaro solemnemente a todos los que oyen las palabras de la profecía escritas en este libro: si alguien agrega algo a lo que está escrito aquí, Dios le agregará a esa persona las plagas que se describen en este libro. Y si alguien quita cualquiera de las palabras de este libro de profecía, Dios le quitará su parte del árbol de la vida y de la ciudad santa que se describen en este libro”. (Apocalipsis 22. 18 – 19)

 

La advertencia de no añadir ni quitar nada a la Palabra de Dios aparece en varios lugares de la Biblia, subrayando su importancia. Uno de los textos más claros está en Apocalipsis 22. 18 - 19, donde se dice que quien añada algo a esta profecía recibirá las plagas descritas, y quien quite algo perderá su parte en el libro de la vida. También en Deuteronomio 4. 2 y Proverbios 30. 5 - 6 Dios deja en claro su postura: su Palabra es perfecta y completa, y no debe ser manipulada.

Esta advertencia no es un mero formalismo. Es un llamado serio a respetar la autoridad de Dios y su revelación. La Palabra de Dios es santa, viva y eficaz, y alterar su contenido sea por añadir reglas humanas, doctrinas falsas, o eliminar verdades incómodas es una ofensa grave. Cuando alguien modifica la Escritura, ya no está compartiendo la verdad de Dios, sino una versión contaminada que puede llevar a otros al error y a la perdición.

En nuestra época, la tentación de modificar la Palabra es constante. Algunos suavizan el mensaje para hacerlo más aceptable socialmente. Otros agregan revelaciones, visiones o experiencias personales como si tuvieran la misma autoridad que la Escritura. Algunos niegan doctrinas fundamentales como el juicio, el pecado, o la exclusividad de Cristo, con tal de no incomodar. Todo esto es peligroso.

Cuando añadimos a la Palabra, corremos el riesgo de hacerla decir lo que Dios no dijo. Cuando quitamos partes, ignoramos su voluntad. Ambas acciones niegan la soberanía de Dios y colocan al ser humano como juez sobre lo divino. Pero no somos autores de la verdad, sino receptores de ella.

Además, esta advertencia implica una responsabilidad para quienes predican, enseñan o interpretan la Biblia. No podemos adaptarla a nuestros intereses, ideologías o emociones. El deber del cristiano fiel es transmitir lo que está escrito, tal como fue dado por el Espíritu Santo, con reverencia y humildad.

La Palabra de Dios no necesita adornos ni ajustes. Ella es suficiente para salvar, corregir, enseñar y guiar al ser humano hacia la vida eterna. Modificarla no la mejora; la deshonra.

En tiempos donde la verdad se relativiza, esta advertencia resuena con fuerza: no juguemos con lo que es sagrado. Aceptemos la Palabra como lámpara para nuestros pies y fundamento seguro. Que nunca intentemos mejorar lo perfecto, ni acomodar lo eterno a lo pasajero. Guardemos su mensaje en integridad, y seremos hallados fieles ante Dios.

Dios les bendiga abundantemente.

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