UN MOMENTO CON DIOS
Dios no hace acepción de
personas
“Porque no hay acepción de personas para con Dios.” (Romanos 2. 11)
Esta sencilla pero poderosa
afirmación del apóstol Pablo revela una de las verdades más justas y
reconfortantes del carácter de Dios: Él no hace acepción de personas. En otras
palabras, Dios no favorece a nadie por su posición social, nacionalidad, apariencia,
estatus económico, cultura o títulos humanos. Su trato con los seres humanos
está basado en la justicia, la verdad y el amor, no en parcialidades humanas.
Vivimos en un mundo
profundamente marcado por la discriminación, donde muchas veces se valora más
lo que uno tiene que lo que uno es. Las personas tienden a juzgar según las
apariencias, y muchas puertas se abren solo a quienes tienen poder, belleza,
dinero o influencia. Pero el Dios de la Biblia ve más allá del exterior: Él
mira el corazón. (1 Samuel 16. 7)
Desde el Antiguo Testamento,
Dios mostró su justicia imparcial. En la ley mosaica, se enseñaba a los jueces
a no favorecer ni al rico ni al pobre, sino a juzgar con equidad. En el Nuevo
Testamento, Jesús vivió esta verdad con total coherencia: comía con publicanos,
sanaba a leprosos, hablaba con mujeres marginadas, perdonaba a pecadores y
abrazaba a los despreciados.
Cuando Pedro, en Hechos 10,
visita al centurión Cornelio, un gentil, declara con asombro y convicción: “En
verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación
se agrada del que le teme y hace justicia.” (Hechos 10. 34 - 35). Esta fue una
revelación crucial: la salvación no es solo para algunos, sino para todos los
que creen.
Esta verdad es una llamada
tanto al consuelo como a la responsabilidad. Consuelo, porque no importa quién
seas ni de dónde vengas, Dios te ama y te recibe por igual. No necesitas un
currículum espiritual perfecto ni una historia limpia: solo fe, arrepentimiento
y un corazón dispuesto. Y también es una responsabilidad: como hijos de un Dios
justo, debemos tratar a todos con la misma dignidad, sin discriminar ni
excluir.
En la cruz, Jesús no murió por
algunos, sino por todos. No hay “clases espirituales” ante el trono de Dios.
Todos somos igualmente necesitados de gracia, y todos somos igualmente
alcanzados por ella.
Que nuestra vida refleje este
amor imparcial, y que nunca hagamos lo que Dios no hace: acepción de personas.
Dios les bendiga
abundantemente.

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