viernes, 3 de octubre de 2025

Un momento... Dios no hace acepción de personas

 


UN MOMENTO CON DIOS

Dios no hace acepción de personas

“Porque no hay acepción de personas para con Dios.” (Romanos 2. 11)

 

Esta sencilla pero poderosa afirmación del apóstol Pablo revela una de las verdades más justas y reconfortantes del carácter de Dios: Él no hace acepción de personas. En otras palabras, Dios no favorece a nadie por su posición social, nacionalidad, apariencia, estatus económico, cultura o títulos humanos. Su trato con los seres humanos está basado en la justicia, la verdad y el amor, no en parcialidades humanas.

Vivimos en un mundo profundamente marcado por la discriminación, donde muchas veces se valora más lo que uno tiene que lo que uno es. Las personas tienden a juzgar según las apariencias, y muchas puertas se abren solo a quienes tienen poder, belleza, dinero o influencia. Pero el Dios de la Biblia ve más allá del exterior: Él mira el corazón. (1 Samuel 16. 7)

Desde el Antiguo Testamento, Dios mostró su justicia imparcial. En la ley mosaica, se enseñaba a los jueces a no favorecer ni al rico ni al pobre, sino a juzgar con equidad. En el Nuevo Testamento, Jesús vivió esta verdad con total coherencia: comía con publicanos, sanaba a leprosos, hablaba con mujeres marginadas, perdonaba a pecadores y abrazaba a los despreciados.

Cuando Pedro, en Hechos 10, visita al centurión Cornelio, un gentil, declara con asombro y convicción: “En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia.” (Hechos 10. 34 - 35). Esta fue una revelación crucial: la salvación no es solo para algunos, sino para todos los que creen.

Esta verdad es una llamada tanto al consuelo como a la responsabilidad. Consuelo, porque no importa quién seas ni de dónde vengas, Dios te ama y te recibe por igual. No necesitas un currículum espiritual perfecto ni una historia limpia: solo fe, arrepentimiento y un corazón dispuesto. Y también es una responsabilidad: como hijos de un Dios justo, debemos tratar a todos con la misma dignidad, sin discriminar ni excluir.

En la cruz, Jesús no murió por algunos, sino por todos. No hay “clases espirituales” ante el trono de Dios. Todos somos igualmente necesitados de gracia, y todos somos igualmente alcanzados por ella.

Que nuestra vida refleje este amor imparcial, y que nunca hagamos lo que Dios no hace: acepción de personas.

Dios les bendiga abundantemente.

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