UN MOMENTO CON DIOS
Jesús murió por todos
“Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.” (2 Corintios 5. 15)
La muerte de Jesús en la cruz
no fue un acto limitado ni exclusivo. Fue un sacrificio universal, un acto de
amor absoluto que abarca a toda la humanidad sin distinción. Cada ser humano,
sin importar su pasado, su condición social, su cultura o su pecado, fue
incluido en esa entrega divina. Jesús murió por todos.
Este “por todos” es más que
una expresión de cantidad; es una expresión de profundidad. Murió por cada
persona como individuo, no solo como parte de un grupo. Su sangre fue derramada
no solo por los “buenos” o por los que eventualmente creerían, sino incluso por
aquellos que le rechazan, que le niegan, que todavía no le conocen. En la cruz,
Cristo llevó los pecados de la humanidad entera (1 Juan 2. 2)
Sin embargo, esta verdad
poderosa también conlleva un llamado: “para que los que viven, ya no vivan para
sí.” El sacrificio de Cristo no solo nos da perdón, también nos llama a un
cambio radical de vida. No fuimos salvados para continuar una vida centrada en
nosotros mismos, sino para vivir en respuesta al amor de quien dio todo por
nosotros.
Vivir “para aquel que murió y
resucitó” es dejar de lado el egoísmo, la autosuficiencia y el orgullo. Es
reconocer que nuestra vida tiene un nuevo propósito, una nueva dirección:
honrar a Cristo con nuestros pensamientos, palabras y acciones. Ya no somos
nuestros, hemos sido comprados a precio de sangre (1 Corintios 6. 20)
Esta meditación también nos
recuerda que no podemos excluir a nadie del amor de Dios. Si Jesús murió por
todos, ninguna persona está fuera del alcance de su gracia. Ni el peor pecador
ni el más lejano. Nuestra tarea es compartir ese mensaje con humildad, sabiendo
que todos necesitamos la cruz por igual.
Jesús no murió por una élite,
ni por un grupo selecto. Murió por todos. Por ti, por mí, por cada ser humano.
Y su resurrección garantiza vida para quienes creen en Él.
Que nunca olvidemos el valor
de cada alma, porque todas fueron alcanzadas por la sangre del Salvador. Y que
vivamos cada día como una respuesta de amor a Aquel que murió y resucitó por
nosotros.
Dios les bendiga
abundantemente.

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