UN MOMENTO CON DIOS
El peligro de que la política
entre en la iglesia
Jesús dijo: “Mi reino no es de este mundo” (Juan 18. 36)
La iglesia ha sido llamada a
ser sal y luz del mundo, un pueblo santo apartado para Dios, guiado por los
principios del Reino de los cielos. Su misión es espiritual, redentora y
eterna. Sin embargo, cuando la política, especialmente la partidista o
ideológica, entra en la iglesia y ocupa el lugar central, corre el peligro de
desviarse de su propósito original y de perder su autoridad moral y espiritual.
Jesús dijo: “Mi reino no es de
este mundo” (Juan 18. 36), dejando claro que la iglesia no debe confundirse con
las estructuras de poder humano. Aunque los creyentes tienen el deber de ser
ciudadanos responsables y de influir positivamente en la sociedad, la iglesia
como cuerpo de Cristo no debe ser usada como plataforma para fines políticos.
Cuando la política entra a la
iglesia, lo sagrado se contamina con intereses temporales. Los púlpitos se
convierten en trincheras ideológicas, y la comunión entre hermanos se rompe por
preferencias partidarias. El Evangelio, que debe unir a todas las naciones y
pueblos bajo el señorío de Cristo, se reduce a un mensaje condicionado por la
agenda de un grupo.
Uno de los mayores peligros es
que se sustituya la verdad del Evangelio por una narrativa política, y que se
confunda la fe con la ideología. En ese momento, la iglesia deja de predicar a
Cristo crucificado y comienza a promover una visión del mundo que no siempre
refleja los valores del Reino.
La historia ha mostrado que
cuando la iglesia se alía con el poder político, suele perder su voz profética.
En lugar de corregir la injusticia y denunciar el pecado, se vuelve cómplice
del sistema. Pero la iglesia está llamada a ser conciencia moral de la
sociedad, no un brazo de ningún gobierno.
Esto no significa que los
cristianos no deban participar en la política. Al contrario, deben hacerlo con
integridad y sabiduría. Pero la iglesia, como institución, debe mantenerse
centrada en Cristo, no en los partidos.
Recordemos: el único trono que
la iglesia debe exaltar es el de Jesucristo. Solo Él es el Rey eterno, el
verdadero Salvador. Que no permitamos que la política divida lo que el Espíritu
ha unido. La iglesia debe ser un refugio de gracia, verdad y unidad en medio de
un mundo dividido.
Dios les bendiga
abundantemente.

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