UN MOMENTO CON DIOS
Vengan, adoremos al Señor
“Venid, adoremos y postrémonos; arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor”. (Salmo 95. 6)
La invitación “Vengan,
adoremos al Señor” es un llamado que atraviesa toda la Escritura, desde los
salmos hasta el Apocalipsis. No es solo una frase hermosa, sino una exhortación
a reconocer quién es Dios, su grandeza y su dignidad para recibir toda nuestra
adoración. El Salmo 95. 6 lo expresa con claridad: “Venid, adoremos y
postrémonos; arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor”.
Adorar al Señor no se limita a
cantar himnos o levantar las manos en una reunión. Es una actitud del corazón
que se rinde por completo a Dios, reconociendo su señorío sobre nuestras vidas.
Adoramos porque Él es nuestro Creador, Redentor y Sustentador. Cuando decimos
“vengan”, estamos extendiendo la invitación a otros para que también
experimenten esa comunión profunda con Él.
En la Biblia vemos que, cada
vez que alguien se encontraba cara a cara con la presencia de Dios, su reacción
natural era postrarse y adorar. Moisés, al escuchar la voz de Dios en la zarza
ardiente, se quitó las sandalias en señal de reverencia. Los pastores, al oír
el anuncio del ángel sobre el nacimiento de Jesús, fueron con gozo a verle y le
adoraron. Los magos, al encontrar al niño en Belén, se postraron y le
ofrecieron sus presentes. La verdadera adoración siempre nos lleva a la
humildad y a la entrega.
Adorar también implica
reconocer que Dios es digno en todo momento, no solo cuando las circunstancias son
favorables. Job, después de perderlo todo, se postró y adoró diciendo: “Jehová
dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito”. Esta actitud nos
recuerda que nuestra adoración no depende de lo que tenemos o sentimos, sino de
quién es Dios.
Hoy, el Señor sigue buscando
adoradores que lo hagan “en espíritu y en verdad” (Juan 4. 23). Esto significa
que nuestra adoración debe fluir desde un corazón sincero y estar fundamentada
en la verdad de Su Palabra. No es un ritual vacío, sino una relación viva y
constante.
Por eso, cuando escuchamos
“vengan, adoremos al Señor”, debemos responder como el salmista: con gozo,
gratitud y reverencia. Al adorar, nuestra fe se fortalece, nuestra perspectiva
cambia y recordamos que Él es el centro de todo.
Que cada día sea una
oportunidad para unirnos a ese coro eterno que proclama: “¡Santo, Santo, Santo
es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es y el que ha de venir!”.
Dios les bendiga
abundantemente.

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