lunes, 22 de diciembre de 2025

Un momento... Vengan, adoremos al Señor

 


UN MOMENTO CON DIOS

Vengan, adoremos al Señor

 

“Venid, adoremos y postrémonos; arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor”. (Salmo 95. 6)

 

La invitación “Vengan, adoremos al Señor” es un llamado que atraviesa toda la Escritura, desde los salmos hasta el Apocalipsis. No es solo una frase hermosa, sino una exhortación a reconocer quién es Dios, su grandeza y su dignidad para recibir toda nuestra adoración. El Salmo 95. 6 lo expresa con claridad: “Venid, adoremos y postrémonos; arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor”.

Adorar al Señor no se limita a cantar himnos o levantar las manos en una reunión. Es una actitud del corazón que se rinde por completo a Dios, reconociendo su señorío sobre nuestras vidas. Adoramos porque Él es nuestro Creador, Redentor y Sustentador. Cuando decimos “vengan”, estamos extendiendo la invitación a otros para que también experimenten esa comunión profunda con Él.

En la Biblia vemos que, cada vez que alguien se encontraba cara a cara con la presencia de Dios, su reacción natural era postrarse y adorar. Moisés, al escuchar la voz de Dios en la zarza ardiente, se quitó las sandalias en señal de reverencia. Los pastores, al oír el anuncio del ángel sobre el nacimiento de Jesús, fueron con gozo a verle y le adoraron. Los magos, al encontrar al niño en Belén, se postraron y le ofrecieron sus presentes. La verdadera adoración siempre nos lleva a la humildad y a la entrega.

Adorar también implica reconocer que Dios es digno en todo momento, no solo cuando las circunstancias son favorables. Job, después de perderlo todo, se postró y adoró diciendo: “Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito”. Esta actitud nos recuerda que nuestra adoración no depende de lo que tenemos o sentimos, sino de quién es Dios.

Hoy, el Señor sigue buscando adoradores que lo hagan “en espíritu y en verdad” (Juan 4. 23). Esto significa que nuestra adoración debe fluir desde un corazón sincero y estar fundamentada en la verdad de Su Palabra. No es un ritual vacío, sino una relación viva y constante.

Por eso, cuando escuchamos “vengan, adoremos al Señor”, debemos responder como el salmista: con gozo, gratitud y reverencia. Al adorar, nuestra fe se fortalece, nuestra perspectiva cambia y recordamos que Él es el centro de todo.

Que cada día sea una oportunidad para unirnos a ese coro eterno que proclama: “¡Santo, Santo, Santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es y el que ha de venir!”.

Dios les bendiga abundantemente.

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