UN MOMENTO CON DIOS
Gracia para esperar en el
Señor
“Pacientemente esperé al Señor, y Él se inclinó a mí y oyó mi clamor” (Salmo 40. 1)
Esperar en el Señor no es una
pasividad resignada, sino una postura activa de fe. En una cultura que valora
la inmediatez, la espera parece una pérdida. Pero en el Reino de Dios, esperar
es confiar, es rendirse, es reconocer que los tiempos de Dios son perfectos y
que su voluntad es buena, agradable y perfecta (Romanos 12. 2)
El salmista declara:
“Pacientemente esperé al Señor, y Él se inclinó a mí y oyó mi clamor” (Salmo
40. 1). Esta espera no es vacía; está llena de oración, de búsqueda, de
dependencia. Es en la espera donde el carácter se forma, donde la fe se
purifica, donde aprendemos a descansar en la fidelidad de Dios más allá de las
circunstancias.
Esperar en el Señor es gracia,
porque no nace de nuestra fuerza, sino de su Espíritu obrando en nosotros.
Isaías lo afirma con poder: “Pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas
fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán;
caminarán, y no se fatigarán” (Isaías 40. 31). La espera en Dios renueva,
fortalece, transforma.
Muchas veces, en la espera,
Dios no cambia la situación, sino que nos cambia a nosotros. Nos enseña a
soltar el control, a confiar en su soberanía, a reconocer que su silencio no es
ausencia, sino preparación. En la espera, aprendemos a ver con ojos eternos, a
valorar lo invisible, a cultivar la esperanza que no defrauda (Romanos 5. 5)
Jesús mismo esperó. Esperó treinta
años para comenzar su ministerio. Esperó en oración antes de elegir a sus
discípulos. Esperó en silencio ante sus acusadores. Su vida nos enseña que la
espera puede ser santa, fructífera, llena de propósito.
La gracia de esperar en el
Señor nos libera del afán, nos ancla en la paz, nos conecta con la eternidad.
No es fácil, pero es glorioso. Porque en la espera, Dios obra en lo profundo,
prepara caminos, abre puertas, y revela su fidelidad.
Dios les bendiga
abundantemente.

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