UN MOMENTO CON DIOS
Un solo Señor, una fe
“Un solo Señor, una fe, un solo bautismo”. (Efesios 4. 5)
El apóstol Pablo declara: “Un
solo Señor, una fe, un solo bautismo”. Esta frase breve, pero cargada de
profundidad, nos recuerda que la vida cristiana se fundamenta en una verdad
absoluta y en una unidad esencial que no depende de opiniones humanas, sino del
mismo Dios.
Cuando la Escritura afirma que
hay un solo Señor, está proclamando que Jesucristo es el único Soberano y
Salvador. No existen varios caminos iguales hacia Dios ni múltiples verdades
que se complementen; solo Él es el Camino, la Verdad y la Vida (Juan 14. 6).
Reconocer a Jesús como Señor implica rendirle todo nuestro ser, aceptar Su
autoridad sobre nuestras decisiones, nuestras prioridades y nuestro futuro.
Asimismo, una sola fe no se
refiere a una tradición religiosa específica, sino a la confianza plena en la
obra redentora de Cristo. No hay dos o más maneras de ser salvos: todos somos
rescatados por el mismo sacrificio en la cruz, por la misma gracia, y mediante
la misma fe. Esta fe es el puente que nos une con Dios, nos transforma y nos
lleva a vivir de manera coherente con el Evangelio.
En un mundo marcado por la
división, la relatividad de valores y la proliferación de doctrinas confusas,
esta declaración es un llamado urgente a la unidad del pueblo de Dios. La
unidad no significa uniformidad en costumbres o estilos, sino estar de acuerdo
en lo esencial: Jesús es el Señor y Su Palabra es la verdad que nos guía. Esta
convicción debe ser más fuerte que cualquier diferencia cultural, social o
denominacional.
Vivir bajo la confesión de un
solo Señor y una sola fe también nos libra del peligro de la autosuficiencia
espiritual. Nos recuerda que no nos salvamos por nuestras obras, ni por méritos
personales, ni por pertenecer a un grupo específico, sino por la gracia de Dios
manifestada en Cristo. Esto nos humilla, nos iguala y nos une como hermanos.
Finalmente, este llamado es
también un compromiso. Si reconocemos a un solo Señor, no podemos servir a dos
amos; si tenemos una sola fe, debemos guardarla, nutrirla y vivirla. Que esta
verdad nos inspire a caminar en integridad, a mantenernos firmes en la sana
doctrina y a amar a nuestros hermanos, recordando que, aunque somos muchos
miembros, formamos un solo cuerpo bajo el señorío de Cristo.
Dios les bendiga
abundantemente.

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