UN MOMENTO CON DIOS
Jesús: ¿quién dicen que
soy?
“Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. (Mateo 16. 15)
En Mateo 16. 15, Jesús hace
una pregunta directa a sus discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”.
Esta no era una simple consulta para conocer opiniones, sino un llamado a la
confesión personal y sincera de fe. Antes, Jesús había preguntado qué decía la
gente sobre Él, y las respuestas eran variadas: profeta, maestro, un hombre de
Dios. Pero en este momento, Jesús va más allá: no quiere saber lo que dicen
otros, sino lo que cada corazón cree.
Pedro, movido por el Espíritu,
respondió: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Esa declaración no
fue fruto de la lógica humana, sino de una revelación divina. Reconocer a Jesús
como el Hijo de Dios es reconocer su autoridad, su señorío y su divinidad. No
es verlo solo como un buen hombre o un maestro moral, sino como el Salvador del
mundo y el Señor de nuestra vida.
Hoy Jesús sigue haciendo la
misma pregunta a cada uno de nosotros: “¿Quién dices que soy yo?”. No podemos
responder citando lo que otros creen ni lo que aprendimos de memoria; se trata
de una respuesta íntima, que nace de una relación personal con Él. Nuestra
confesión de quién es Jesús determinará cómo vivimos, a quién obedecemos y en
qué ponemos nuestra esperanza.
Si para nosotros Jesús es
realmente el Cristo, entonces no es una figura opcional en nuestra vida, sino
el centro de todo lo que somos. Creer que Él es el Hijo de Dios nos lleva a
rendirle nuestro corazón, confiar en sus promesas y seguir sus enseñanzas,
incluso cuando eso implique ir contra la corriente del mundo.
Pero si lo reducimos a un
personaje histórico o a un consejero moral, nuestra fe será superficial y
frágil. Jesús no vino para ser parte de nuestra vida, sino para ser nuestro
todo. No busca reconocimiento superficial, sino un compromiso real.
Cada día, con nuestras
acciones y decisiones, respondemos a esa pregunta. Podemos decir con palabras
que Jesús es nuestro Señor, pero solo cuando lo obedecemos y vivimos para su
gloria demostramos que realmente lo creemos.
Que nuestra respuesta sea como
la de Pedro, pero respaldada por una vida que lo honra: “Tú eres el Cristo, el
Hijo del Dios viviente”. Y que esta confesión no sea solo una frase, sino la
verdad que guía cada paso de nuestro caminar con Él.
Dios les bendiga
abundantemente.

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