UN MOMENTO CON DIOS
Predicamos a Jesucristo
“Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor; y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús”. (2 Corintios 4. 5)
El apóstol Pablo declara:
“Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor; y a
nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús”. Esta afirmación resume la
esencia del mensaje cristiano: nuestra misión no es exaltar nuestra propia
opinión, experiencia o imagen, sino anunciar a Cristo crucificado y resucitado
como el único Salvador.
Predicar a Jesucristo
significa centrar nuestro mensaje en Su persona, Su obra y Su enseñanza. No
predicamos una filosofía humana, ni un conjunto de ideas motivacionales, ni un
sistema moral basado en nuestras fuerzas. Predicamos a Aquel que murió por
nuestros pecados, resucitó para darnos vida eterna y que hoy reina con poder.
Cuando Cristo es el centro, la predicación deja de ser un discurso vacío y se
convierte en un canal de salvación, esperanza y transformación.
En la actualidad, existe la
tentación de suavizar el mensaje para agradar al mundo, omitiendo verdades
incómodas sobre el pecado, el arrepentimiento y la necesidad de un nuevo
nacimiento. Sin embargo, Pablo nos recuerda que la predicación de Cristo puede
ser locura para el mundo, pero para los que creen es poder de Dios (1 Corintios
1. 18). La misión de la iglesia no es adaptarse al mensaje del mundo, sino
proclamar con amor y firmeza la verdad eterna de Dios.
Predicar a Cristo también
implica vivirlo. No podemos hablar de Su amor si no lo reflejamos; no podemos
anunciar Su perdón si nosotros mismos no perdonamos; no podemos proclamar Su
señorío si en nuestra vida hay áreas donde seguimos gobernando nosotros. El
testimonio personal es parte fundamental de la predicación: las palabras sin
respaldo de vida pierden autoridad.
Además, cuando predicamos a
Cristo, lo hacemos como siervos. No buscamos reconocimiento personal, aplausos
ni prestigio. Somos instrumentos para que otros vean a Jesús, no para que nos
sigan a nosotros. Predicar no es una plataforma para nuestra gloria, sino un
altar para exaltar a nuestro Señor.
El mundo necesita escuchar el
mensaje claro y puro de Jesucristo. No se trata de cuán elocuentes somos, sino
de cuán fielmente transmitimos Su verdad. Que cada palabra que pronunciemos y
cada acción que vivamos apunten a Él. Porque al final, nuestra misión es simple
pero profunda: no nos predicamos a nosotros mismos… predicamos a Jesucristo, y
a Él crucificado.
Dios les bendiga abundantemente.

No hay comentarios:
Publicar un comentario