domingo, 7 de diciembre de 2025

Un momento... Milagros de la gracia

 


UN MOMENTO CON DIOS

Milagros de la gracia

 

“Pero por la gracia de Dios soy lo que soy y la gracia que él me concedió no se quedó sin fruto. Al contrario, he trabajado con más tesón que todos ellos, aunque no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo”. (1 Corintios 15. 10)

 

 

La gracia de Dios es un regalo inmerecido, un favor que no podemos comprar ni ganar por nuestras propias fuerzas. Es el corazón del evangelio y la fuente de todo verdadero milagro en la vida del creyente. Los milagros de la gracia no siempre se manifiestan con señales visibles o prodigios espectaculares; muchas veces ocurren de forma silenciosa, pero con un impacto eterno.

El mayor milagro de la gracia es la salvación. La Biblia enseña en Efesios 2. 8 - 9 que somos salvos por gracia, por medio de la fe, y que esto no es de nosotros, sino don de Dios. Que un pecador perdido, esclavo del pecado, sea perdonado, transformado y hecho hijo de Dios, es un milagro más grande que cualquier sanidad física. Es el milagro que abre la puerta a la vida eterna.

Otro milagro de la gracia es la transformación del carácter. La gracia no solo nos perdona, sino que también nos enseña a vivir de manera diferente. Tito 2. 11 -1 2 dice que la gracia de Dios nos instruye a renunciar a la impiedad y a vivir sobria, justa y piadosamente. Cuando alguien que antes estaba lleno de ira, odio o vicios comienza a vivir en amor, paz y dominio propio, estamos viendo la mano poderosa de Dios obrando.

La gracia también se manifiesta como fuerza en medio de la debilidad. El apóstol Pablo testificó que, aunque pidió tres veces que se le quitara un aguijón en la carne, Dios le respondió: “Bástate mi gracia” (2 Corintios 12. 9). Ese sostén sobrenatural para perseverar en las pruebas es un milagro diario que nos recuerda que no caminamos solos.

Incluso, la gracia obra en nosotros la capacidad de perdonar. Humanamente, algunas heridas parecen imposibles de sanar; sin embargo, por la gracia podemos soltar la ofensa y amar como Cristo nos amó. Eso es un verdadero milagro, porque vence la naturaleza egoísta y vengativa del corazón humano.

Cada día que despertamos con fe, esperanza y amor, estamos experimentando un milagro de la gracia. No siempre serán momentos espectaculares, pero cada avance en nuestra vida espiritual, cada victoria sobre el pecado, cada paso de obediencia, es fruto de esa gracia que nos sostiene y nos transforma.

Por eso, debemos vivir agradecidos, reconociendo que todo lo bueno que tenemos proviene de Él. Que podamos decir como Pablo: “Por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no ha sido en vano” (1 Corintios 15. 10). Esa es la evidencia más clara de los milagros de la gracia.

Dios les bendiga abundantemente.

 

 

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