UN MOMENTO CON DIOS
La construcción del Reino de
Dios
“El Reino de Dios se ha acercado; arrepiéntanse y crean en el evangelio” (Marcos 1. 15)
La construcción del Reino de
Dios no es una obra humana, pero sí una tarea en la que somos llamados a participar
activamente. Jesús, al comenzar su ministerio, proclamó: “El Reino de Dios se
ha acercado; arrepiéntanse y crean en el evangelio” (Marcos 1. 15). Esta
declaración no solo anuncia una realidad espiritual, sino también una
transformación concreta que debe manifestarse en la vida personal y de la
sociedad.
El Reino de Dios no se edifica
con poder político ni con estructuras humanas, sino con corazones rendidos a la
voluntad del Padre. Es un Reino donde la justicia, la paz y el gozo en el
Espíritu Santo (Romanos 14. 17) son sus fundamentos. Cada acto de misericordia,
cada palabra de verdad, cada decisión tomada con integridad, es un ladrillo en
esta construcción invisible pero eterna.
Jesús nos enseñó a orar:
“Venga tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” (Mateo 6. 10).
Esta oración es una invitación a vivir como ciudadanos del Reino, reflejando
los valores del cielo en medio de una tierra quebrantada. No se trata solo de
esperar el Reino futuro, sino de encarnar su realidad hoy: en nuestras
relaciones, en nuestras decisiones, en nuestra manera de amar y servir.
La construcción del Reino
implica también confrontar las tinieblas. Donde hay injusticia, el Reino trae
restauración; donde hay división, trae reconciliación; donde hay desesperanza,
trae vida. Como iglesia, somos llamados a ser “sal y luz” (Mateo 5. 13 - 14),
agentes de transformación que no se conforman al mundo, sino que lo renuevan
desde adentro.
Pero esta obra no se realiza
por esfuerzo humano, sino por la gracia de Dios y el poder del Espíritu Santo.
“No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu” (Zacarías 4. 6). Nuestra
tarea es permanecer en Cristo, obedecer su voz y actuar con fe, sabiendo que Él
es quien edifica.
La construcción del Reino de
Dios es una invitación a vivir con propósito eterno. No es una meta lejana,
sino una realidad que comienza en el corazón y se extiende hacia el mundo.
Dios les bendiga
abundantemente.

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