UN MOMENTO CON DIOS
Jesús, la razón de nuestra
esperanza
“Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28. 20)
En un mundo marcado por la
incertidumbre, la ansiedad y el sufrimiento, la esperanza se ha convertido en
un recurso escaso. Muchas personas buscan depositarla en logros personales,
posesiones, relaciones o en la estabilidad económica, pero tarde o temprano
esas fuentes se agotan. La Biblia nos recuerda que existe una esperanza que no
se desvanece ni se quiebra: Jesús.
El apóstol Pedro declara:
“Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande
misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de
Jesucristo de los muertos” (1 Pedro 1. 3). No se trata de un optimismo ingenuo
o de un simple deseo de que las cosas mejoren, sino de una certeza anclada en
la obra redentora de Cristo. Su muerte en la cruz y su resurrección garantizan
que nuestras vidas tienen un propósito eterno y un destino seguro en su
presencia.
Jesús es la razón de nuestra
esperanza porque Él venció lo que más tememos: el pecado y la muerte. Cuando
todo parece oscuro, recordamos que la tumba está vacía y que el mismo poder que
lo levantó vive en nosotros. Esa verdad nos sostiene en medio de la prueba y nos
impulsa a caminar con fe, aun cuando el panorama no sea favorable.
Además, la esperanza en Cristo
transforma nuestra manera de vivir hoy. No es solo una expectativa futura, sino
una fuerza presente que nos da paz en la tormenta, paciencia en la espera y
gozo en la adversidad. Esta esperanza nos enseña a mirar más allá de lo
inmediato, a ver con los ojos de la fe lo que Dios está haciendo, incluso
cuando no lo comprendemos.
El mundo ofrece esperanzas
pasajeras, pero Jesús nos ofrece una esperanza eterna y segura, respaldada por
su fidelidad. Él mismo prometió: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta
el fin del mundo” (Mateo 28. 20). Saber que no estamos solos nos da el valor
para enfrentar cualquier desafío.
Por eso, cuando el desánimo
intente robarnos la fe, debemos volver a la fuente: mirar a Jesús, recordar sus
promesas y descansar en su amor inmutable. La esperanza cristiana no es un
sentimiento frágil; es una convicción firme basada en la verdad del Evangelio.
Jesús no solo nos da
esperanza; Él es nuestra esperanza. En Él, el futuro está asegurado, y el
presente se llena de sentido. Por eso, podemos vivir confiados, sabiendo que
nuestra ancla está firme en el cielo y que un día veremos cumplidas todas sus
promesas.
Dios les bendiga
abundantemente.

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