jueves, 6 de noviembre de 2025

Un momento... Sin santidad nadie verá al Señor

 


UN MOMENTO CON DIOS

Sin santidad nadie verá al Señor

 

"Sin santidad nadie verá al Señor". (Hebreos 12. 14)

 

La frase "Sin santidad nadie verá al Señor" se encuentra en Hebreos 12. 14 y encierra una de las verdades más trascendentes del evangelio. A menudo se predica sobre el amor, la gracia y la misericordia de Dios realidades gloriosas e indispensables, pero pocas veces se habla con la misma claridad de la santidad como requisito indispensable para tener comunión con Él.

La santidad no es una opción para el creyente, ni una meta exclusiva para unos pocos consagrados. Es una condición necesaria, una marca ineludible del verdadero hijo de Dios. El apóstol Pedro, citando a Levítico, nos recuerda: “Sed santos, porque yo soy santo” (1 Pedro 1. 16). Dios no tolera el pecado en Su presencia. No porque sea severo en exceso, sino porque Su naturaleza misma es absolutamente pura.

La santidad no significa perfección sin error, sino una vida apartada del pecado y consagrada a Dios. Es un proceso que comienza con la conversión, cuando Cristo nos limpia con Su sangre y nos declara santos, pero que continúa con una transformación progresiva del carácter a medida que el Espíritu Santo obra en nosotros. Es un llamado a vivir conforme a la voluntad de Dios, a desechar las obras de la carne y a cultivar el fruto del Espíritu.

Muchos desean ver a Dios actuar en sus vidas, experimentar Su presencia, recibir Su bendición y promesas, pero siguen viviendo con el corazón dividido. Quieren la gloria de Dios sin renunciar al pecado. Pero la Biblia es clara: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5. 8). El corazón impuro se ciega espiritualmente, se endurece, pierde sensibilidad al Espíritu, y se aleja del verdadero conocimiento de Dios.

La santidad no es legalismo ni auto justicia. No se trata de cumplir reglas exteriores para ganarse el favor divino, sino de amar tanto a Dios que deseamos agradarle en todo. Es vivir como hijos de luz en medio de un mundo en tinieblas. Es rechazar la mentira, el orgullo, la lujuria, el egoísmo y todo aquello que contamina el alma. Es elegir cada día seguir a Cristo, aun cuando implique renuncia.

En un tiempo donde la cultura relativiza el pecado y promueve la autosatisfacción, el llamado a la santidad es más urgente que nunca. No podemos ver a Dios ni ahora ni en la eternidad si no somos santificados por Él. La buena noticia es que el mismo Dios que exige santidad es quien nos la concede, si nos humillamos, le buscamos y le obedecemos. Santidad no es una carga, es una libertad gloriosa: vivir para lo eterno.

Dios les bendiga abundantemente.

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