UN MOMENTO CON DIOS
Sin santidad nadie verá al Señor
"Sin santidad nadie verá al Señor". (Hebreos 12. 14)
La frase "Sin santidad
nadie verá al Señor" se encuentra en Hebreos 12. 14 y encierra una de las
verdades más trascendentes del evangelio. A menudo se predica sobre el amor, la
gracia y la misericordia de Dios realidades gloriosas e indispensables, pero
pocas veces se habla con la misma claridad de la santidad como requisito
indispensable para tener comunión con Él.
La santidad no es una opción
para el creyente, ni una meta exclusiva para unos pocos consagrados. Es una
condición necesaria, una marca ineludible del verdadero hijo de Dios. El
apóstol Pedro, citando a Levítico, nos recuerda: “Sed santos, porque yo soy
santo” (1 Pedro 1. 16). Dios no tolera el pecado en Su presencia. No porque sea
severo en exceso, sino porque Su naturaleza misma es absolutamente pura.
La santidad no significa
perfección sin error, sino una vida apartada del pecado y consagrada a Dios. Es
un proceso que comienza con la conversión, cuando Cristo nos limpia con Su
sangre y nos declara santos, pero que continúa con una transformación
progresiva del carácter a medida que el Espíritu Santo obra en nosotros. Es un
llamado a vivir conforme a la voluntad de Dios, a desechar las obras de la
carne y a cultivar el fruto del Espíritu.
Muchos desean ver a Dios
actuar en sus vidas, experimentar Su presencia, recibir Su bendición y
promesas, pero siguen viviendo con el corazón dividido. Quieren la gloria de
Dios sin renunciar al pecado. Pero la Biblia es clara: “Bienaventurados los de
limpio corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5. 8). El corazón impuro se
ciega espiritualmente, se endurece, pierde sensibilidad al Espíritu, y se aleja
del verdadero conocimiento de Dios.
La santidad no es legalismo ni
auto justicia. No se trata de cumplir reglas exteriores para ganarse el favor
divino, sino de amar tanto a Dios que deseamos agradarle en todo. Es vivir como
hijos de luz en medio de un mundo en tinieblas. Es rechazar la mentira, el orgullo,
la lujuria, el egoísmo y todo aquello que contamina el alma. Es elegir cada día
seguir a Cristo, aun cuando implique renuncia.
En un tiempo donde la cultura
relativiza el pecado y promueve la autosatisfacción, el llamado a la santidad
es más urgente que nunca. No podemos ver a Dios ni ahora ni en la eternidad si
no somos santificados por Él. La buena noticia es que el mismo Dios que exige
santidad es quien nos la concede, si nos humillamos, le buscamos y le
obedecemos. Santidad no es una carga, es una libertad gloriosa: vivir para lo
eterno.
Dios les bendiga
abundantemente.

No hay comentarios:
Publicar un comentario