UN MOMENTO CON DIOS
El reino del yo versus el
Reino de Dios
“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lucas 9. 23)
Uno de los conflictos más
profundos que enfrenta el ser humano es la lucha entre el “reino del yo” y el
Reino de Dios. Este conflicto no es externo, sino interno. Es una batalla
silenciosa que ocurre en el corazón: ¿quién gobierna mi vida, yo o Dios?
El “reino del yo” es el
espacio donde el ser humano se pone en el centro. Es el dominio de la
autosuficiencia, del orgullo, del deseo de controlar y decidir sin rendir
cuentas a nadie, ni siquiera a Dios. En este reino, todo gira en torno a la
satisfacción personal, a la búsqueda de poder, reconocimiento y placer. Se
exalta la voluntad propia y se minimiza la dependencia de Dios. Es el mismo
espíritu que llevó a Adán y Eva a desobedecer: querer ser “como Dios” (Génesis
3. 5), decidiendo por sí mismos lo que está bien o mal.
Por otro lado, el Reino de
Dios es el gobierno soberano y justo del Señor en la vida del creyente. Es un
reino de verdad, justicia, misericordia y amor. Jesús enseñó que este Reino “no
viene con advertencia, ni dirán: Helo aquí, o helo allí; porque he aquí el
Reino de Dios está entre vosotros” (Lucas 17. 20 - 21)
Es un reino que comienza en el
corazón del hombre cuando decide someterse al señorío de Cristo.
Para entrar en el Reino de
Dios es necesario renunciar al reino del yo. Jesús dijo: “Si alguno quiere
venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame”
(Lucas 9. 23). Negarse a sí mismo no es despreciarse ni anularse, sino ceder el
trono de nuestro corazón a Cristo. Es reconocer que solo bajo Su gobierno
encontramos vida plena y libertad verdadera.
El problema es que, incluso
los creyentes, a veces queremos vivir en ambos reinos. Oramos que venga Su
Reino, pero actuamos como si el nuestro todavía tuviera la última palabra.
Queremos que Dios bendiga nuestros planes, pero sin permitirle que los cambie.
Esto produce confusión, frustración y falta de frutos espirituales.
Solo uno puede reinar en
nuestra vida: o nosotros o Dios. El “yo” promete autonomía, pero esclaviza; el
Reino de Dios pide entrega, pero libera. La invitación de Jesús es clara:
“Buscad primeramente el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os
serán añadidas” (Mateo 6. 33). Cuando Él reina, todo cobra sentido. La paz, el
propósito y la verdadera vida brotan no del trono del ego, sino del gobierno de
Cristo en nosotros.
Dios les bendiga
abundantemente.

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