UN MOMENTO CON DIOS
El pecado del orgullo
“Abominación es a Jehová todo altivo de corazón; ciertamente no quedará impune”. (Proverbios 16. 5)
El orgullo, según la Palabra
de Dios, no es simplemente una actitud negativa o una debilidad del carácter:
es pecado. Y no cualquier pecado, sino uno de los más peligrosos, porque en su
raíz está la exaltación del yo por encima de Dios. En Proverbios 16. 5 se
declara con fuerza: “Abominación es a Jehová todo altivo de corazón;
ciertamente no quedará impune”. Esta afirmación revela que el orgullo no es
algo que Dios simplemente desaprueba, sino que lo aborrece.
El orgullo fue el pecado
original de Lucifer, quien deseó ser como Dios y fue echado del cielo (Isaías
14. 13 - 15). Fue también la raíz de la caída del hombre, cuando Eva fue
tentada con la idea de ser “como Dios” (Génesis 3. 5) Es un pecado que se
disfraza de autosuficiencia, de independencia, de poder humano, y que lleva al
hombre a rechazar su necesidad de Dios.
Dios resiste al orgulloso,
pero da gracia al humilde (Santiago 4:6). Esta declaración es central para la
vida cristiana. El orgullo nos separa de la gracia, porque impide que
reconozcamos nuestra necesidad. Un corazón altivo no ora, no se arrepiente, no
escucha corrección ni acepta la autoridad de Dios. El orgulloso confía en sí
mismo, en su sabiduría, en sus recursos, en su justicia, y por eso sufre una
gran caída. “Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la
altivez de espíritu” (Proverbios 16. 18)
El orgullo puede manifestarse
de muchas formas: arrogancia, desprecio hacia otros, dificultad para pedir
perdón, deseo constante de reconocimiento, enojo cuando las cosas no salen como
uno quiere, o incapacidad para someterse a la voluntad de Dios. Es un enemigo
silencioso, que crece en el corazón y se disfraza de virtud, como seguridad o
dignidad, cuando en realidad nos aleja del carácter de Cristo.
Jesús, siendo Dios, se humilló
a sí mismo, tomando forma de siervo (Filipenses 2. 5 - 8). Su humildad es el
camino que todos sus seguidores deben recorrer. El cristiano no puede ser
altivo, porque sabe que todo lo que tiene lo ha recibido por gracia. El orgullo
no tiene cabida en un corazón que ha sido conquistado por el amor de Dios.
Dios honra al que se humilla,
y quebranta al que se exalta. Por eso, el creyente sabio pide cada día: “Señor,
líbrame del orgullo y enséñame a depender de ti en todo”. Porque solo en la
humildad podemos ver a Dios, recibir su gracia y vivir en comunión con Él.
Dios les bendiga
abundantemente.

No hay comentarios:
Publicar un comentario