UN MOMENTO CON DIOS
La integridad
“El que camina en integridad anda confiado; más el que pervierte sus caminos será quebrantado.” (Proverbios 10. 9)
La honestidad y la integridad
son valores estrechamente relacionados, pero se diferencian en su enfoque
principal. La honestidad se refiere a la cualidad de decir la verdad y ser
sincero, mientras que la integridad implica actuar de acuerdo con un conjunto
de principios morales y éticos, tanto en acciones como en pensamientos, incluso
cuando nadie está mirando.
La integridad es un valor
fundamental en la vida cristiana, y para Dios, no es opcional ni negociable. A
lo largo de las Escrituras, vemos cómo el Señor valora profundamente a aquellos
que caminan en integridad, es decir, con un corazón íntegro, recto, sin doblez
ni hipocresía. Ser íntegro no significa ser perfecto, sino vivir de manera
coherente con la fe que profesamos, siendo verdaderos delante de Dios y de los
hombres.
En Proverbios 10. 9 leemos:
“El que camina en integridad anda confiado; más el que pervierte sus caminos
será quebrantado.” Esta promesa refleja una gran verdad espiritual: la
integridad trae paz, seguridad y bendición. El íntegro no teme ser descubierto,
porque no tiene nada que ocultar. Vive con la libertad de quien se conduce con
transparencia, sinceridad y rectitud.
Dios no mira solo nuestras
acciones externas; Él escudriña el corazón. Por eso, la integridad comienza en
lo íntimo, en los pensamientos, en las motivaciones, en lo que hacemos cuando
nadie más nos ve. Es fácil aparentar santidad delante de otros, pero Dios se
agrada del que guarda Su Palabra en lo secreto y no vive una doble vida. Job
fue descrito como “hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del
mal” (Job 1. 1), no porque fuera sin pecado, sino porque vivía con integridad y
reverencia delante de Dios.
La integridad también se
manifiesta en la fidelidad. Ser íntegros implica ser constantes en nuestro
testimonio, en nuestros compromisos, en nuestra obediencia, incluso cuando nos
cueste o cuando nadie más lo haga. Es rechazar la corrupción, la mentira, la
conveniencia personal y cualquier camino torcido. Es mantenernos firmes en la
verdad, incluso si eso nos deja en soledad.
Para Dios, la integridad tiene
valor eterno. Es una cualidad que distingue a quienes verdaderamente le
pertenecen. En el Salmo 15, se pregunta: “¿Quién habitará en tu tabernáculo?” Y
la respuesta incluye al que “anda en integridad y hace justicia.” Dios no se
deja impresionar por apariencias religiosas; Él busca corazones rectos,
sinceros, íntegros.
En tiempos donde la ética se
diluye y los principios se relativizan, el llamado del Señor a vivir con
integridad es más urgente que nunca. Que no nos conformemos con una fe
superficial, sino que vivamos en profundidad, con convicción, coherencia y
verdad. La integridad honra a Dios, y Él promete sostener al íntegro, guiarlo
con Su luz y bendecir su camino. Quien vive con integridad, camina de la mano
del Dios justo y fiel.
Dios les bendiga
abundantemente.

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