sábado, 8 de noviembre de 2025

Un momento... La integridad

 


UN MOMENTO CON DIOS

La integridad 

 

“El que camina en integridad anda confiado; más el que pervierte sus caminos será quebrantado.” (Proverbios 10. 9)

 

La honestidad y la integridad son valores estrechamente relacionados, pero se diferencian en su enfoque principal. La honestidad se refiere a la cualidad de decir la verdad y ser sincero, mientras que la integridad implica actuar de acuerdo con un conjunto de principios morales y éticos, tanto en acciones como en pensamientos, incluso cuando nadie está mirando. 

La integridad es un valor fundamental en la vida cristiana, y para Dios, no es opcional ni negociable. A lo largo de las Escrituras, vemos cómo el Señor valora profundamente a aquellos que caminan en integridad, es decir, con un corazón íntegro, recto, sin doblez ni hipocresía. Ser íntegro no significa ser perfecto, sino vivir de manera coherente con la fe que profesamos, siendo verdaderos delante de Dios y de los hombres.

En Proverbios 10. 9 leemos: “El que camina en integridad anda confiado; más el que pervierte sus caminos será quebrantado.” Esta promesa refleja una gran verdad espiritual: la integridad trae paz, seguridad y bendición. El íntegro no teme ser descubierto, porque no tiene nada que ocultar. Vive con la libertad de quien se conduce con transparencia, sinceridad y rectitud.

Dios no mira solo nuestras acciones externas; Él escudriña el corazón. Por eso, la integridad comienza en lo íntimo, en los pensamientos, en las motivaciones, en lo que hacemos cuando nadie más nos ve. Es fácil aparentar santidad delante de otros, pero Dios se agrada del que guarda Su Palabra en lo secreto y no vive una doble vida. Job fue descrito como “hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal” (Job 1. 1), no porque fuera sin pecado, sino porque vivía con integridad y reverencia delante de Dios.

La integridad también se manifiesta en la fidelidad. Ser íntegros implica ser constantes en nuestro testimonio, en nuestros compromisos, en nuestra obediencia, incluso cuando nos cueste o cuando nadie más lo haga. Es rechazar la corrupción, la mentira, la conveniencia personal y cualquier camino torcido. Es mantenernos firmes en la verdad, incluso si eso nos deja en soledad.

Para Dios, la integridad tiene valor eterno. Es una cualidad que distingue a quienes verdaderamente le pertenecen. En el Salmo 15, se pregunta: “¿Quién habitará en tu tabernáculo?” Y la respuesta incluye al que “anda en integridad y hace justicia.” Dios no se deja impresionar por apariencias religiosas; Él busca corazones rectos, sinceros, íntegros.

En tiempos donde la ética se diluye y los principios se relativizan, el llamado del Señor a vivir con integridad es más urgente que nunca. Que no nos conformemos con una fe superficial, sino que vivamos en profundidad, con convicción, coherencia y verdad. La integridad honra a Dios, y Él promete sostener al íntegro, guiarlo con Su luz y bendecir su camino. Quien vive con integridad, camina de la mano del Dios justo y fiel.

Dios les bendiga abundantemente.

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