UN MOMENTO CON DIOS
La justicia de Dios en la vida
diaria
“Él es la Roca, cuya obra es perfecta, porque todos sus caminos son rectitud; Dios de verdad, y sin ninguna iniquidad en él; es justo y recto.” (Deuteronomio 32. 4)
La justicia de Dios es uno de los
atributos más relevantes de Su carácter. Él es justo por naturaleza, y Su
justicia no depende de las circunstancias ni de la opinión humana. En un mundo
marcado por la desigualdad, la corrupción y el favoritismo, conocer y confiar
en la justicia divina nos brinda esperanza, dirección y equilibrio en la vida
diaria.
Cuando hablamos de la justicia
de Dios, no nos referimos solamente a Su capacidad de juzgar el pecado, sino
también a Su fidelidad para recompensar el bien, sostener al oprimido y guiar
con equidad a quienes confían en Él. En Deuteronomio 32. 4 se afirma: “Él es la
Roca, cuya obra es perfecta, porque todos sus caminos son rectitud; Dios de
verdad, y sin ninguna iniquidad en él; es justo y recto.” Esta verdad es un
ancla para nuestra alma en medio de la injusticia del mundo.
En la vida cotidiana, muchas
veces experimentamos situaciones donde la injusticia parece prevalecer:
personas que prosperan haciendo el mal, decisiones injustas, promesas rotas, o
esfuerzos no reconocidos. Sin embargo, la Palabra de Dios nos llama a no
desesperar. Romanos 12. 19 nos recuerda: “No os venguéis vosotros mismos...
porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor.” Esta
promesa nos libera de la amargura y el deseo de tomar justicia por nuestras propias
manos.
Además, Dios no solo ejerce
justicia desde lo alto; Él nos invita a vivirla. Miqueas 6. 8 declara: “... ¿Y
qué pide Jehová de ti? Solamente hacer justicia, amar misericordia, y
humillarte ante tu Dios.” Es decir, la justicia de Dios no es un concepto
lejano, sino un estilo de vida que se manifiesta en nuestras decisiones,
relaciones y actitudes. Ser justos implica tratar a los demás con equidad,
defender al débil, actuar con verdad y rechazar todo tipo de favoritismo o
corrupción, aunque nos beneficie.
La justicia de Dios también se
revela en la cruz de Cristo. Allí, el castigo por el pecado fue satisfecho no
por castigar al culpable, sino por ofrecer un sustituto: Su Hijo. Por eso, el
evangelio es la máxima expresión de justicia y misericordia unidas. Somos
llamados a reflejar esa misma justicia en nuestra vida, con compasión, rectitud
y humildad.
Confiar en la justicia de Dios
no es cerrar los ojos ante el mal, sino vivir con la certeza de que Él ve,
actúa y juzga a su debido tiempo. Mientras tanto, nos corresponde vivir como
testimonios vivos de Su justicia en un mundo que clama por ella.
Dios les bendiga
abundantemente.

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