UN MOMENTO CON DIOS
¿Le damos a Dios el control de
nuestra vida?
“El corazón del hombre piensa
su camino; más Jehová endereza sus pasos”.
(Proverbios 16. 9)
Una de las verdades más
reconfortantes y a la vez más desafiantes de la fe cristiana es la soberanía de
Dios. Esta soberanía implica que Él tiene control absoluto sobre el universo,
sobre la historia y, sí, también sobre nuestra vida personal. Proverbios 16. 9
declara: “El corazón del hombre piensa su camino; más Jehová endereza sus
pasos”. Esta afirmación nos recuerda que, aunque hacemos planes, es Dios quien
tiene la última palabra.
Creer que Dios tiene el
control de nuestra vida no significa que somos marionetas sin voluntad, sino
que nuestra historia está bajo la mirada sabia y amorosa de un Padre celestial
que obra todas las cosas para el bien de los que le aman (Romanos 8. 28). Aun
cuando enfrentamos circunstancias dolorosas, injusticias o incertidumbre,
podemos tener la certeza de que nada se escapa de Su mano.
Dios conoce cada detalle de nuestra
existencia. Jesús dijo que “aún vuestros cabellos están todos contados” (Mateo
10. 30). Esa afirmación no es solo poética, sino una muestra de que el cuidado
de Dios es personal, minucioso y constante. Él no solo gobierna los cielos,
sino que también camina con nosotros en el valle de sombra de muerte (Salmo 23.
4). Su control no es tiranía, sino amor protector.
Sin embargo, muchas veces
luchamos con esta verdad cuando las cosas no salen como esperábamos. Nos
preguntamos si Dios realmente está en control cuando hay enfermedad, pérdida,
sufrimiento o frustración. Pero la Biblia está llena de historias que muestran
que, incluso en medio del caos, Dios está obrando. José fue vendido como
esclavo por sus hermanos, pero más adelante reconoció que “vosotros pensasteis
mal contra mí, más Dios lo encaminó a bien” (Génesis 50. 20)
La confianza en el control de
Dios produce paz. Nos libera de la ansiedad de tener que manejar todo, de
cargar con el peso de la vida en nuestros hombros. Nos invita a vivir con fe, sabiendo
que nuestro futuro no está en manos del azar ni del destino, sino en las manos
de Aquel que nos creó y nos ama.
Someter nuestra vida al
control de Dios es también un acto de entrega. Significa reconocer que no todo
depende de nosotros, y que Él sabe mejor lo que necesitamos. Por eso, el
creyente ora con humildad: “Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el
cielo” (Mateo 6. 10). Y al hacerlo, encuentra libertad, seguridad y esperanza
en el Dios que dirige nuestros pasos con propósito eterno.
Dios les bendiga
abundantemente.

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