UN MOMENTO CON DIOS
Los que conocen a Dios
“Todas las cosas son puras para los puros; más para los corrompidos e incrédulos nada les es puro, pues hasta su mente y su conciencia están corrompidas. Profesan conocer a Dios, pero con los hechos lo niegan, siendo abominables y rebeldes, reprobados en cuanto a toda buena obra.” (Tito 1. 15 - 16)
En este pasaje, el apóstol
Pablo se dirige a Tito con una advertencia severa pero necesaria sobre los
falsos maestros y los hipócritas dentro de la comunidad de fe. Aquí se
confronta el gran contraste entre la pureza verdadera y la corrupción
espiritual, entre quienes conocen a Dios de verdad y quienes solo lo profesan
de labios, pero lo niegan con su estilo de vida.
Pablo comienza diciendo:
“Todas las cosas son puras para los puros.” Esta afirmación no significa que
todo es permisible sin distinción moral, sino que, para el corazón regenerado
por Dios, la vida se vive con una conciencia limpia y una actitud de sinceridad
delante del Señor. El puro no vive atrapado en legalismos vacíos, sino guiado
por el amor a Dios y a su Palabra. Vive con libertad, pero una libertad
responsable y santa.
En contraste, “para los
corrompidos e incrédulos nada les es puro.” Esto muestra cómo la corrupción
interior distorsiona toda percepción espiritual. Cuando el corazón está
endurecido por la incredulidad o el pecado, ni siquiera las cosas buenas son
vistas o usadas correctamente. Pablo va más allá: su mente y su conciencia
están corrompidas, es decir, su capacidad de pensar y de discernir el bien está
alterada por el pecado.
Luego dice: “Profesan conocer
a Dios, pero con los hechos lo niegan.” Esta frase es un espejo para muchas
vidas religiosas vacías. No basta con decir que se cree en Dios; la verdadera
fe se manifiesta en una vida transformada. Quienes hablan de Dios, pero no
viven en obediencia se convierten, según Pablo, en abominables (detestables
ante Dios), rebeldes y reprobados, es decir, inútiles para toda buena obra.
Esta reflexión es una
advertencia clara contra la hipocresía espiritual. No se trata de tener una
religión de palabras, sino una fe viva que produce frutos dignos de
arrepentimiento. Dios no busca apariencia, sino sinceridad; no busca rituales
vacíos, sino corazones transformados.
Hoy más que nunca, el mundo
necesita ver creyentes que no solo hablen de Dios, sino que lo reflejen con su
conducta. Que vivan con pureza interior, no como resultado del esfuerzo propio,
sino de una relación real con Cristo.
Que nuestras palabras
coincidan con nuestros hechos, y que nuestras vidas sean testimonio de un Dios
santo y verdadero. Porque la fe que no cambia la vida, es una fe que no ha
tocado el corazón.
Dios les bendiga
abundantemente.

No hay comentarios:
Publicar un comentario