martes, 30 de septiembre de 2025

Un momento... Los que conocen a Dios

 


UN MOMENTO CON DIOS

Los que conocen a Dios

 

“Todas las cosas son puras para los puros; más para los corrompidos e incrédulos nada les es puro, pues hasta su mente y su conciencia están corrompidas. Profesan conocer a Dios, pero con los hechos lo niegan, siendo abominables y rebeldes, reprobados en cuanto a toda buena obra.” (Tito 1. 15 - 16)

 

En este pasaje, el apóstol Pablo se dirige a Tito con una advertencia severa pero necesaria sobre los falsos maestros y los hipócritas dentro de la comunidad de fe. Aquí se confronta el gran contraste entre la pureza verdadera y la corrupción espiritual, entre quienes conocen a Dios de verdad y quienes solo lo profesan de labios, pero lo niegan con su estilo de vida.

Pablo comienza diciendo: “Todas las cosas son puras para los puros.” Esta afirmación no significa que todo es permisible sin distinción moral, sino que, para el corazón regenerado por Dios, la vida se vive con una conciencia limpia y una actitud de sinceridad delante del Señor. El puro no vive atrapado en legalismos vacíos, sino guiado por el amor a Dios y a su Palabra. Vive con libertad, pero una libertad responsable y santa.

En contraste, “para los corrompidos e incrédulos nada les es puro.” Esto muestra cómo la corrupción interior distorsiona toda percepción espiritual. Cuando el corazón está endurecido por la incredulidad o el pecado, ni siquiera las cosas buenas son vistas o usadas correctamente. Pablo va más allá: su mente y su conciencia están corrompidas, es decir, su capacidad de pensar y de discernir el bien está alterada por el pecado.

Luego dice: “Profesan conocer a Dios, pero con los hechos lo niegan.” Esta frase es un espejo para muchas vidas religiosas vacías. No basta con decir que se cree en Dios; la verdadera fe se manifiesta en una vida transformada. Quienes hablan de Dios, pero no viven en obediencia se convierten, según Pablo, en abominables (detestables ante Dios), rebeldes y reprobados, es decir, inútiles para toda buena obra.

Esta reflexión es una advertencia clara contra la hipocresía espiritual. No se trata de tener una religión de palabras, sino una fe viva que produce frutos dignos de arrepentimiento. Dios no busca apariencia, sino sinceridad; no busca rituales vacíos, sino corazones transformados.

Hoy más que nunca, el mundo necesita ver creyentes que no solo hablen de Dios, sino que lo reflejen con su conducta. Que vivan con pureza interior, no como resultado del esfuerzo propio, sino de una relación real con Cristo.

Que nuestras palabras coincidan con nuestros hechos, y que nuestras vidas sean testimonio de un Dios santo y verdadero. Porque la fe que no cambia la vida, es una fe que no ha tocado el corazón.

Dios les bendiga abundantemente.

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