UN MOMENTO CON DIOS
Que nadie nos engañe
“Nadie os engañe en ninguna manera; porque no vendrá sin que antes venga la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición, el cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto; tanto que se sienta en el templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios.” (2 Tesalonicenses 2. 3 - 4)
En esta porción de la segunda
carta a los Tesalonicenses, el apóstol Pablo advierte a la Iglesia sobre los
eventos que precederán la venida del Señor. Su mensaje es claro y urgente:
“Nadie os engañe en ninguna manera…”. La comunidad estaba confundida, creyendo
que el Día del Señor ya había llegado o era inminente, y Pablo corrige ese
error con una enseñanza profética profunda.
Él establece dos señales
previas a la segunda venida de Cristo: la apostasía y la manifestación del
hombre de pecado. La apostasía se refiere a un abandono masivo y deliberado de
la fe verdadera. Es un alejamiento consciente de la verdad del Evangelio,
promovido por un mundo que rechaza a Dios y abraza la mentira. Este fenómeno no
es nuevo, pero Pablo indica que se intensificará en los últimos tiempos,
afectando incluso a sectores de la Iglesia que cambiarán la verdad por
enseñanzas agradables pero erróneas.
En segundo lugar, se
manifestará el “hombre de pecado”, también llamado “el hijo de perdición”. Este
personaje representa la culminación del espíritu de rebelión contra Dios. No se
trata solo de una figura política o religiosa, sino de alguien que abiertamente
desafiará todo lo sagrado, “sentándose en el templo de Dios como Dios,
haciéndose pasar por Dios.” Esta declaración revela un nivel de arrogancia y
engaño extremo, una imitación satánica de lo divino, destinada a confundir a
muchos.
La advertencia de Pablo tiene
aplicación práctica hoy. Vivimos tiempos de creciente confusión espiritual,
donde muchas voces se levantan con autoridad, pero no todas vienen de Dios. La
cultura exalta al hombre, minimiza el pecado y ridiculiza lo sagrado. Por eso,
es crucial que los creyentes estén firmes en la Palabra, guiados por el
Espíritu Santo, y no se dejen arrastrar por la corriente del error.
Esta reflexión nos llama a la
vigilancia. No debemos vivir en miedo ni obsesionados con señales, pero sí con
discernimiento. La fidelidad en los tiempos finales no dependerá de
conocimiento intelectual, sino de una relación viva con Cristo, de una fe
inquebrantable y una esperanza bien cimentada.
El enemigo intentará imitar lo
divino, pero el verdadero creyente sabrá reconocer al verdadero Dios, porque le
conoce, le ama y le obedece. Permanezcamos firmes, porque el que persevera
hasta el fin, ése será salvo.
Dios les bendiga
abundantemente.

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