UN MOMENTO CON DIOS
Dios lo sabe todo
“Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad?” (Hechos 5. 3)
Hechos 5. 3 nos presenta uno
de los momentos más solemnes y aleccionadores en la historia de la Iglesia
primitiva. Pedro confronta directamente a Ananías, un creyente que junto con su
esposa Safira, decidió vender una propiedad y aparentar que entregaba todo el
dinero a los apóstoles, cuando en realidad se había reservado una parte para sí
mismo. La gravedad del acto no estaba en retener parte del dinero, sino en
mentir al Espíritu Santo, presentándose como más generoso y devoto de lo que
realmente era.
Pedro no duda en señalar la
raíz del problema: “¿Por qué llenó Satanás tu corazón?” Esta frase revela que,
aunque Ananías tomó la decisión voluntariamente, su corazón había sido
influenciado por el enemigo. El pecado no surgió de la necesidad económica ni
de la ignorancia, sino del deseo de aparentar santidad, motivado por el
orgullo, la ambición y la hipocresía. Este episodio nos recuerda que el enemigo
sigue buscando llenar corazones con engaño, incluso dentro de la comunidad de
los creyentes.
Lo más impactante de este
pasaje es la afirmación de Pedro: “has mentido al Espíritu Santo.” No fue
simplemente una mentira a los apóstoles o a la comunidad, sino un engaño
dirigido a Dios mismo. Aquí comprendemos que el Espíritu Santo no es una fuerza
impersonal, sino una persona divina que habita en medio de la Iglesia. Mentir
al Espíritu es intentar engañar a Dios, algo imposible, pero que muestra hasta
qué punto puede llegar el corazón humano cuando se deja dominar por el pecado.
Esta historia no busca
inspirar miedo sin propósito, sino enseñar la seriedad de la vida cristiana. En
un tiempo donde la comunidad vivía con generosidad, unidad y poder espiritual,
Ananías y Safira intentaron insertar una falsedad peligrosa: la apariencia de
piedad sin una entrega verdadera. Y Dios, en su santidad, actuó con justicia
inmediata para proteger la pureza de la Iglesia naciente.
La meditación sobre este
versículo nos lleva a examinarnos con humildad: ¿hay áreas de nuestra vida
donde estamos aparentando algo que no es real? ¿Estamos tratando de impresionar
a otros mientras ocultamos nuestras verdaderas intenciones? La respuesta no es
el temor paralizante, sino el arrepentimiento sincero y la búsqueda de
integridad delante de Dios.
Dios no busca perfección sin
errores, sino corazones sinceros, humildes y dispuestos a vivir en la verdad.
El Espíritu Santo sigue obrando en su Iglesia, guiando, corrigiendo y
santificando. Que nuestra vida sea transparente ante Él, sabiendo que no
podemos engañar a Dios, pero sí podemos ser transformados por su gracia.
Vivamos, entonces, con autenticidad, sabiendo que la verdad libera, pero la
mentira esclaviza y destruye.
Dios les bendiga
abundantemente.

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