UN MOMENTO CON DIOS
Toda la honra es para Dios
“El único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver, al cual sea la honra y el imperio sempiterno. Amén.” (1 Timoteo 6. 16)
Este poderoso versículo de 1
Timoteo 6. 16 exalta la majestad y soberanía de Dios. Pablo describe a Dios
como el único inmortal, el que habita en luz inaccesible, y a quien nadie ha
visto ni puede ver. Estas expresiones subrayan la absoluta trascendencia y pureza
del Creador, en contraste directo con la fragilidad, corrupción y vanidad de
las cosas terrenales, especialmente de las riquezas y el poder humano.
En los versículos anteriores,
Pablo advierte sobre los peligros de amar el dinero, afirmando que “raíz de
todos los males es el amor al dinero” (v. 10). Las grandes fortunas del mundo,
cuando son mal dirigidas, tienden a alimentar la soberbia, el egoísmo y una
falsa sensación de autosuficiencia. Muchos de los que más tienen en este mundo
terminan comportándose como si fueran dioses sobre los demás, creyendo que su
poder económico los hace invulnerables o superiores.
Sin embargo, este versículo
recuerda que solo Dios posee la verdadera inmortalidad y autoridad eterna. Ni
el dinero ni la fama pueden dar al hombre la vida eterna, ni salvarlo de la
muerte o del juicio. Las riquezas no pueden comprar el favor de Dios, ni
reemplazar la obediencia, la humildad y la fe.
El hecho de que Dios habite en
“luz inaccesible” simboliza su santidad absoluta. Nadie puede acercarse a Él
por mérito propio o estatus social. Todos somos igualmente necesitados de su
gracia, sin importar la cuenta bancaria. Aquellos que acumulan bienes y viven
con soberbia olvidan que todo lo que poseen es temporal, y que solo el Reino de
Dios es eterno.
Esta reflexión nos lleva a un
llamado claro: no pongamos nuestra esperanza en las riquezas, sino en el Dios
que da vida y propósito. Si Dios nos ha dado bienes, usémoslos con gratitud,
generosidad y responsabilidad. No nos enorgullezcamos por lo que tenemos, sino
humillémonos ante quien lo da todo y lo sustenta todo.
A quienes tienen mucho, la
Palabra les recuerda que deberán dar cuenta de cómo administraron esos
recursos. Y a quienes tienen poco, les asegura que el valor verdadero no está
en lo que poseemos, sino en a quién pertenecemos.
El Señor, dueño de toda gloria
y poder, es quien reina para siempre. Que nuestra confianza esté solo en Él, y
que toda honra le sea dada, porque solo Él es digno.
Dios les bendiga
abundantemente.

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