UN MOMENTO CON DIOS
Las maravillas de Dios para
sus hijos
“La que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria. Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman.” (1 Corintios 2. 8 - 9)
En estos versículos, el
apóstol Pablo continúa desarrollando un pensamiento profundo sobre la sabiduría
divina revelada a través del Evangelio. En contraste con la sabiduría humana,
limitada y pasajera, la sabiduría de Dios es eterna, espiritual y sólo puede
ser comprendida mediante la revelación del Espíritu Santo.
Pablo afirma que los líderes
de este mundo, los “príncipes de este siglo”, no entendieron quién era
verdaderamente Jesús. Si lo hubieran reconocido como el “Señor de gloria”, no
lo habrían crucificado. La cruz fue el resultado de una ceguera espiritual, de
no discernir la obra de Dios que se estaba realizando en Cristo. Los sabios de
este mundo, con toda su inteligencia y poder, no supieron ver el plan de
redención que Dios estaba desplegando ante sus propios ojos.
Esto nos recuerda que el
Evangelio no se comprende por capacidad intelectual, sino por revelación
divina. Las verdades más profundas de Dios no se descubren por medio de la
lógica humana ni por estudios académicos, sino por la fe humilde y el poder del
Espíritu. Por eso Pablo cita Isaías y dice: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó,
ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que
le aman.”
Este versículo nos llena de
esperanza. Nos dice que Dios tiene preparadas cosas gloriosas, inimaginables,
para los que lo aman. No se trata sólo de bendiciones futuras en el cielo, sino
también de los tesoros espirituales que podemos comenzar a experimentar aquí:
su presencia, su paz, su guía, su propósito. Lo que el mundo no puede entender
ni valorar, el creyente lo vive y lo disfruta por medio del Espíritu Santo.
Esta meditación nos invita a
dos cosas: primero, a dejar de confiar en nuestra propia sabiduría y abrir el
corazón a la revelación de Dios. Y segundo, a vivir con expectativa y fe,
sabiendo que Dios tiene más para nosotros de lo que podemos imaginar. No pongamos
límites a lo que Él puede hacer. Lo que nuestros ojos no han visto y nuestro
corazón no ha soñado, Él lo tiene reservado para cada uno de nosotros.
Amemos al Señor con sinceridad
y dejemos que Él nos muestre Sus caminos. Porque los que le aman, descubren el
tesoro eterno de Su sabiduría y de Su amor.
Dios les bendiga
abundantemente.

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