UN MOMENTO CON DIOS
El Trono de la Presencia: El
Arca y la Misericordia
Éxodo 37. 1 – 9
En Éxodo 37, vemos a Bezaleel poniendo manos a la obra para construir el Arca del Pacto. No era el objeto más grande del Tabernáculo, pero sí el más importante. Ubicada en el Lugar Santísimo, representaba el trono de Dios en la tierra y el punto de encuentro entre lo divino y lo humano.
El Arca fue construida con
madera de acacia recubierta de oro puro. Esta combinación es profundamente
simbólica:
La Madera: Representa la
humanidad (frágil, terrenal, incorruptible en su propósito).
El Oro: Representa la deidad
(realeza, pureza, gloria eterna).
Hoy, esto nos recuerda a
Jesús. Él es nuestra "Arca": el Dios cien por ciento hombre y cien
por ciento Dios que vino a habitar entre nosotros. En Él, la fragilidad de
nuestra historia se une a la gloria de Su eternidad. Ya no buscamos una caja de
madera, sino que nos refugiamos en una Persona.
Sobre el Arca estaba el
propiciatorio (la tapa de oro) con dos querubines extendiendo sus alas. El
nombre en hebreo, Kapporet, significa "lugar de cobertura" o
"expiación". Una vez al año, el sumo sacerdote rociaba sangre allí
para cubrir los pecados del pueblo.
Lo asombroso para nosotros hoy
es que el Arca ya no está oculta tras un velo denso. En el Nuevo Pacto, la
"sangre de la propiciación" no es de animales, sino de Cristo. Cuando
Dios mira hacia nosotros, no ve las tablas de la Ley que hemos roto (que
estaban dentro del arca), sino que ve la cubierta: la sangre de Su Hijo que nos
hace aceptos.
Dentro del Arca se guardaron
tres cosas: las tablas de la Ley, el maná y la vara de Aarón.
La Ley: Su palabra en nuestro
corazón.
El Maná: Su provisión diaria.
La Vara: Su autoridad y
dirección.
Hoy, tener "el Arca"
en nuestras vidas significa que Cristo guarda Su palabra en nosotros, nos
alimenta en nuestro desierto y nos guía con Su mano amorosa.
El Arca del Pacto era el lugar
donde Dios prometió hablar con Moisés. Hoy, esa invitación está abierta para cada
uno de nosotros. No necesitamos ser un sumo sacerdote para acercarnos al
"Trono de la Gracia". Gracias a la obra de Jesucristo, hoy podemos
vivir con la certeza de que la presencia de Dios no es un evento lejano, sino
una realidad que habita en nuestro interior.

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