UN MOMENTO CON DIOS
Perdonar es una decisión.
El capítulo 45 del libro del Génesis nos conduce al corazón de uno de los momentos más conmovedores de la Escritura: la revelación de José a sus hermanos y el acto profundo de su perdón. Después de años de traición, silencio y dolor, José no responde con venganza ni reproche, sino con lágrimas, misericordia y una visión espiritual madura que reconoce la mano de Dios incluso en medio del mal sufrido.
José había sido vendido como
esclavo por sus propios hermanos, despojado de su dignidad y arrancado de su
hogar. El resentimiento habría sido una reacción comprensible. Sin embargo,
cuando finalmente se da a conocer, José no dice “ustedes me hicieron esto”,
sino “yo soy José, su hermano, a quien ustedes vendieron en Egipto”. Reconoce
la verdad del pecado cometido, pero no se queda en ella. Inmediatamente eleva
la mirada hacia Dios y afirma: “Dios me envió delante de ustedes para preservar
la vida”. En esta declaración se revela el fundamento de su perdón: una fe que
ve más allá del daño y descubre un propósito divino mayor.
El perdón de José no niega el
sufrimiento ni minimiza la injusticia. José lloró, tembló, se quebró por
dentro. El perdón auténtico no es indiferencia emocional, sino una decisión que
brota de un corazón sanado por Dios. José eligió no definirse por la herida,
sino por la obra de Dios en su historia. Al hacerlo, rompe el ciclo del odio y
abre un camino de reconciliación y restauración familiar.
Este pasaje nos confronta con
una verdad exigente: el perdón requiere renunciar al derecho de vengarnos y
confiar en que Dios es el juez justo. José entendió que el mal que otros
intentaron usar para destruirlo, Dios lo transformó en bendición. Desde esa
convicción pudo abrazar a sus hermanos, proveer para ellos y devolverles la
dignidad que el pecado había quebrado.
Génesis 45 nos invita a
preguntarnos si somos capaces de mirar nuestras propias heridas a la luz del
plan de Dios. El perdón cristiano no nace de la fuerza humana, sino de una
profunda confianza en la soberanía divina. Así como José, somos llamados a ser
instrumentos de vida, reconciliación y esperanza, demostrando que cuando Dios
gobierna el corazón, el perdón se convierte en una expresión de fe viva y
transformadora.
Dios les bendiga abundantemente.

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