UN MOMENTO CON DIOS
El poder y la misericordia de
Dios
En el capítulo 8 de Éxodo se nos presenta una escena profundamente reveladora del corazón humano frente al poder y la misericordia de Dios. Las plagas de las ranas, los piojos y las moscas no son simples castigos, sino señales claras de que el Señor es soberano sobre la creación y que ningún poder humano puede compararse con Él. Dios habla a Faraón no solo con palabras, sino con hechos visibles, para llamarlo al arrepentimiento y a la obediencia.
La plaga de las ranas invade
todos los espacios de la vida egipcia: los hogares, las camas, los utensilios
de cocina. Esto nos enseña que cuando el ser humano endurece su corazón, las
consecuencias del pecado alcanzan incluso aquello que consideramos más íntimo o
seguro. Faraón, ante la incomodidad extrema, pide a Moisés que ore para que las
ranas sean quitadas. Sin embargo, una vez que la plaga cesa, vuelve a endurecer
su corazón. Aquí aprendemos una lección crucial: el arrepentimiento motivado
solo por la conveniencia o el alivio del sufrimiento no produce una
transformación verdadera.
La plaga de los piojos marca
un punto decisivo. Los magos de Egipto reconocen: “Esto es el dedo de Dios”.
Aunque Faraón escucha esta confesión, persiste en su obstinación. Esto revela
que reconocer intelectualmente la obra de Dios no es lo mismo que someterse a
Su voluntad. Muchas veces, como Faraón, podemos admitir que Dios es poderoso,
pero resistirnos a obedecerle plenamente.
Finalmente, la plaga de las
moscas introduce una distinción clara: Dios separa a Su pueblo del resto de
Egipto. Esta separación nos recuerda que Dios conoce a los suyos y los guarda
aun en medio del juicio. La fidelidad del Señor no significa ausencia de
dificultades, sino Su presencia protectora en medio de ellas.
Éxodo 8 nos enseña que Dios es
paciente, pero Su paciencia no debe ser confundida con debilidad. Cada
advertencia es una oportunidad para cambiar, para escuchar Su voz y responder
con humildad. La enseñanza central de este capítulo es un llamado a examinar
nuestro corazón: ¿obedecemos a Dios solo cuando nos conviene o estamos
dispuestos a rendirnos completamente a Él? Que esta meditación nos impulse a
una obediencia sincera, nacida del amor y la reverencia a Dios, antes de que el
corazón se endurezca y la voz divina sea ignorada.
Dios les bendiga
abundantemente.

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