UN MOMENTO CON DIOS
El peligro de un Dios a
nuestra medida
Éxodo 32. 1 – 8
Mientras Moisés estaba en la cumbre del monte recibiendo la Ley, el pueblo, al pie de la montaña, se desesperaba.1 "Haznos dioses que vayan delante de nosotros", exigieron (Éxodo 32.1). En esa espera angustiante, nació el becerro de oro. No era que Israel hubiera olvidado que Dios los sacó de Egipto; más bien, querían un dios que pudieran ver, tocar y manejar a su antojo.
El becerro de oro no surgió
por falta de fe en la existencia de Dios, sino por falta de confianza en Su
tiempo. El texto dice que el pueblo vio que "Moisés tardaba en
descender".
En nuestras vidas, los
becerros de oro aparecen cuando Dios parece guardar silencio. Cuando la
respuesta a la oración no llega, cuando la sanidad se demora o la puerta
laboral sigue cerrada, nos sentimos tentados a fabricar nuestras propias
soluciones. El ídolo es, a menudo, nuestro intento de llenar el vacío que deja
la espera.
Es importante notar de dónde
salió el oro para el becerro: de las cosas de oro que los israelitas habían
recibido de los egipcios antes de salir. El ídolo se construyó con bendiciones
previas. El oro que Dios les permitió sacar de Egipto como provisión fue usado
para traicionarlo.
Hoy, nuestros
"becerros" rara vez son figuras de metal. Se disfrazan de cosas
legítimas que permitimos que ocupen el centro:
La carrera profesional: Cuando
el éxito define nuestra identidad.
La familia: Cuando el
bienestar de los nuestros importa más que la voluntad de Dios.
La seguridad financiera:
Cuando nuestra paz depende del saldo bancario y no de la providencia divina.
El Altar del "Yo" Aarón
edificó un altar y proclamó: "Mañana será fiesta para Jehová".
Intentaron mezclar la adoración verdadera con la idolatría. Nosotros hacemos lo
mismo cuando tratamos de "cristianizar" nuestros ídolos, pidiéndole a
Dios que bendiga planes que nosotros mismos diseñamos sin consultarle. Pero
Dios no comparte Su gloria. Un becerro de oro, por muy brillante que sea, sigue
siendo una estatua muda que no puede salvar.
El verdadero problema del
becerro no era el oro, sino el corazón del pueblo. Dios nos llama hoy a
destruir los altares que hemos levantado en la base de nuestra comodidad o de
nuestra ansiedad. La presencia de Dios no puede ser contenida en algo que
nosotros fabricamos; Su presencia se recibe en la rendición y en la espera
confiada.
Dios les bendiga
abundantemente.

No hay comentarios:
Publicar un comentario