jueves, 29 de enero de 2026

Un momento... El peligro de un Dios a nuestra medida

 


UN MOMENTO CON DIOS

El peligro de un Dios a nuestra medida

 

Éxodo 32. 1 – 8

 

Mientras Moisés estaba en la cumbre del monte recibiendo la Ley, el pueblo, al pie de la montaña, se desesperaba.1 "Haznos dioses que vayan delante de nosotros", exigieron (Éxodo 32.1). En esa espera angustiante, nació el becerro de oro. No era que Israel hubiera olvidado que Dios los sacó de Egipto; más bien, querían un dios que pudieran ver, tocar y manejar a su antojo.

El becerro de oro no surgió por falta de fe en la existencia de Dios, sino por falta de confianza en Su tiempo. El texto dice que el pueblo vio que "Moisés tardaba en descender".

En nuestras vidas, los becerros de oro aparecen cuando Dios parece guardar silencio. Cuando la respuesta a la oración no llega, cuando la sanidad se demora o la puerta laboral sigue cerrada, nos sentimos tentados a fabricar nuestras propias soluciones. El ídolo es, a menudo, nuestro intento de llenar el vacío que deja la espera.

Es importante notar de dónde salió el oro para el becerro: de las cosas de oro que los israelitas habían recibido de los egipcios antes de salir. El ídolo se construyó con bendiciones previas. El oro que Dios les permitió sacar de Egipto como provisión fue usado para traicionarlo.

Hoy, nuestros "becerros" rara vez son figuras de metal. Se disfrazan de cosas legítimas que permitimos que ocupen el centro:

La carrera profesional: Cuando el éxito define nuestra identidad.

La familia: Cuando el bienestar de los nuestros importa más que la voluntad de Dios.

La seguridad financiera: Cuando nuestra paz depende del saldo bancario y no de la providencia divina.

El Altar del "Yo" Aarón edificó un altar y proclamó: "Mañana será fiesta para Jehová". Intentaron mezclar la adoración verdadera con la idolatría. Nosotros hacemos lo mismo cuando tratamos de "cristianizar" nuestros ídolos, pidiéndole a Dios que bendiga planes que nosotros mismos diseñamos sin consultarle. Pero Dios no comparte Su gloria. Un becerro de oro, por muy brillante que sea, sigue siendo una estatua muda que no puede salvar.

El verdadero problema del becerro no era el oro, sino el corazón del pueblo. Dios nos llama hoy a destruir los altares que hemos levantado en la base de nuestra comodidad o de nuestra ansiedad. La presencia de Dios no puede ser contenida en algo que nosotros fabricamos; Su presencia se recibe en la rendición y en la espera confiada.

Dios les bendiga abundantemente.

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