domingo, 18 de enero de 2026

Un momento... Dios el único Juez

 


UN MOMENTO CON DIOS

Dios es el único Juez

 

 “¿Acaso estoy yo en lugar de Dios?” (Génesis 50. 19)

 

El versículo 19 del capítulo 50 del Génesis condensa la madurez espiritual de José y ofrece una de las afirmaciones más profundas de fe en toda la Escritura: “No teman. ¿Acaso estoy yo en lugar de Dios?”. Estas palabras surgen en un momento de tensión y fragilidad. Jacob ha muerto, y los hermanos de José temen que, sin la figura del padre, llegue finalmente la venganza. El pasado vuelve a pesar, y la culpa reaparece. Sin embargo, José responde no desde la herida, sino desde una fe que ha aprendido a descansar plenamente en Dios.

Con esta pregunta, José reconoce los límites de su autoridad. Aunque tiene poder para castigar, se niega a ocupar el lugar que solo corresponde a Dios. José comprende que juzgar el corazón y dictar condena definitiva no es tarea humana. Al renunciar a la venganza, afirma que Dios es soberano y justo, y que Él sabe transformar la historia más oscura en un camino de vida.

Génesis 50,19 nos enseña que el perdón verdadero nace cuando dejamos de querer ser jueces. Muchas veces el rencor persiste porque creemos que debemos equilibrar la balanza por nuestra cuenta. José, en cambio, confía en que Dios ya ha obrado y sigue obrando. Él no niega el mal sufrido, pero se rehúsa a vivir prisionero de él. Su mirada no se queda en la traición, sino en la providencia divina que dio sentido a cada etapa de su dolor.

Este versículo también revela una profunda humildad. José, gobernador de Egipto, no se deja seducir por el poder. Reconoce que su posición es un don, no un derecho. Al afirmar que no está en lugar de Dios, declara que su vida está bajo autoridad, y que esa autoridad última no le pertenece. Esa conciencia lo libera del orgullo y del deseo de controlar el destino de los demás.

Para el creyente de hoy, Génesis 50,19 es una invitación a soltar el control y confiar. Nos llama a dejar en manos de Dios las heridas que aún duelen, las injusticias no resueltas y los temores del pasado. Cuando aceptamos que no somos Dios, descansamos. El perdón deja de ser una carga imposible y se transforma en una expresión de fe. Así, como José, podemos vivir reconciliados con nuestra historia, sabiendo que Dios es quien juzga con justicia y conduce todas las cosas hacia el bien.

Dios les bendiga abundantemente.

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