miércoles, 28 de enero de 2026

Un momento... El aroma de la Gracia: Del altar de oro al corazón

 


UN MOMENTO CON DIOS

El Aroma de la Gracia: Del Altar de Oro al Corazón

 

 Éxodo 30. 1 - 10

 

En el diseño del Tabernáculo, el altar del incienso ocupaba un lugar estratégico: justo frente al velo que resguardaba el Lugar Santísimo. Mañana y tarde, el sumo sacerdote debía quemar incienso aromático, creando una nube de fragancia que llenaba el lugar. Este rito no era solo decorativo; simbolizaba las oraciones del pueblo ascendiendo a Dios y la necesidad constante de purificación para acercarse a Su presencia.

Bajo la Ley, el acceso a Dios estaba estrictamente regulado. El incienso debía ser una mezcla específica y "santa para Jehová" (Éxodo 30. 37). Nadie podía fabricarlo para uso personal sin enfrentar el juicio. Esto nos enseña que el acceso a lo sagrado no es algo que el hombre pueda manufacturar a su antojo. El pecado crea una barrera que solo el fuego del altar y el aroma de la intercesión podían suavizar.

Hoy, al mirar Éxodo 30, no vemos un manual de construcción, sino un mapa de la obra de Jesús. Ya no necesitamos un altar físico de madera de acacia recubierto de oro. ¿Por qué?

Cristo purificó nuestros pecados no con el humo de especias, sino con Su propia sangre.

El incienso debía arder "perpetuamente". Hebreos 7. 25 nos dice que Jesús vive siempre para interceder por nosotros. Él es el aroma grato que hace que nuestras oraciones sean aceptables ante el Padre.

La gran noticia del Nuevo Pacto es que la purificación ya no depende de un ritual externo que debe repetirse cada mañana. En Cristo, la purificación es interna y definitiva. Ya no hay un velo que nos separe, ni necesitamos que un sacerdote terrenal queme incienso por nosotros.

Ahora, nosotros mismos somos llamados a ser "grato olor de Cristo" (2 Corintios 2. 15). Nuestra vida devocional, nuestras palabras y nuestra gratitud son el incienso que sube hoy al trono de la gracia.

Si hoy nos sentimos lejos de Dios o cargado por nuestros errores, recordemos que el altar de Éxodo 30 ya cumplió su propósito. No tenemos que buscar un lugar físico ni un rito especial para ser perdonados. El sacrificio de Jesús es suficiente. Nuestra purificación no depende de lo que quememos en un altar, sino de lo que Él ya consumó en la Cruz.

Dios les bendiga abundantemente.

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