UN MOMENTO CON DIOS
El Aroma de la Gracia: Del
Altar de Oro al Corazón
Éxodo 30. 1 - 10
En el diseño del Tabernáculo, el altar del incienso ocupaba un lugar estratégico: justo frente al velo que resguardaba el Lugar Santísimo. Mañana y tarde, el sumo sacerdote debía quemar incienso aromático, creando una nube de fragancia que llenaba el lugar. Este rito no era solo decorativo; simbolizaba las oraciones del pueblo ascendiendo a Dios y la necesidad constante de purificación para acercarse a Su presencia.
Bajo la Ley, el acceso a Dios
estaba estrictamente regulado. El incienso debía ser una mezcla específica y
"santa para Jehová" (Éxodo 30. 37). Nadie podía fabricarlo para uso
personal sin enfrentar el juicio. Esto nos enseña que el acceso a lo sagrado no
es algo que el hombre pueda manufacturar a su antojo. El pecado crea una
barrera que solo el fuego del altar y el aroma de la intercesión podían
suavizar.
Hoy, al mirar Éxodo 30, no
vemos un manual de construcción, sino un mapa de la obra de Jesús. Ya no necesitamos
un altar físico de madera de acacia recubierto de oro. ¿Por qué?
Cristo purificó nuestros
pecados no con el humo de especias, sino con Su propia sangre.
El incienso debía arder
"perpetuamente". Hebreos 7. 25 nos dice que Jesús vive siempre para interceder
por nosotros. Él es el aroma grato que hace que nuestras oraciones sean
aceptables ante el Padre.
La gran noticia del Nuevo
Pacto es que la purificación ya no depende de un ritual externo que debe
repetirse cada mañana. En Cristo, la purificación es interna y definitiva. Ya
no hay un velo que nos separe, ni necesitamos que un sacerdote terrenal queme
incienso por nosotros.
Ahora, nosotros mismos somos
llamados a ser "grato olor de Cristo" (2 Corintios 2. 15). Nuestra
vida devocional, nuestras palabras y nuestra gratitud son el incienso que sube
hoy al trono de la gracia.
Si hoy nos sentimos lejos de
Dios o cargado por nuestros errores, recordemos que el altar de Éxodo 30 ya
cumplió su propósito. No tenemos que buscar un lugar físico ni un rito especial
para ser perdonados. El sacrificio de Jesús es suficiente. Nuestra purificación
no depende de lo que quememos en un altar, sino de lo que Él ya consumó en la
Cruz.
Dios les bendiga
abundantemente.

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