UN MOMENTO CON DIOS
El lugar de refugio
En un mundo antiguo donde la "venganza de sangre" era la norma, Dios establece un sistema de justicia que equilibra la santidad de la vida con la necesidad de la misericordia.
Dios ordenó apartar seis
ciudades tres a cada lado del Jordán para que aquel que diera muerte a alguien
de forma accidental pudiera huir y salvar su vida. Estas ciudades no eran
escondites para criminales, sino espacios de protección mientras se determinaba
la verdad en un juicio justo.
La vida es frágil y a menudo
nos vemos envueltos en situaciones que nos superan o consecuencias de errores
involuntarios. Dios se revela aquí como nuestro Pronto Auxilio. Él no desea
nuestra destrucción por causa del error, sino que provee un lugar donde nuestra
causa pueda ser escuchada.
Las ciudades de refugio debían
estar distribuidas estratégicamente para que cualquier persona (israelita o
extranjero) pudiera llegar a ellas rápidamente. La tradición judía cuenta que
los caminos hacia estas ciudades debían estar siempre limpios de obstáculos y
con señales claras que dijeran: "¡Refugio, Refugio!".
Dios no pone "letras pequeñas" ni
obstáculos para que nos acerquemos a Su misericordia. El camino hacia la gracia
está señalizado por la Cruz. Al igual que el homicida involuntario, no tenemos
que recorrer distancias imposibles; el refugio está al alcance de un paso de
fe.
Hay un detalle teológico
profundo en el versículo 28: el refugiado debía permanecer en la ciudad hasta
la muerte del sumo sacerdote. Solo después de ese evento, quedaba libre de toda
culpa y podía regresar a su hogar sin temor a ser atacado. Su libertad no se
compraba con dinero, sino que estaba ligada a la vida del mediador.
Este es un tipo directo de
Jesucristo. Nosotros, culpables ante la ley de Dios, hemos corrido a
refugiarnos en Él. Sin embargo, nuestra libertad total no vino por nuestras
buenas obras, sino por la muerte de nuestro Gran Sumo Sacerdote. Su muerte pagó
nuestra deuda y nos permitió "regresar a nuestra herencia" sin temor
a la condenación.
Las ciudades de refugio nos
enseñan tres verdades vitales sobre el carácter de Dios:
Justicia perfecta: Dios no
ignora el pecado (la sangre contamina la tierra), pero distingue la intención
del corazón.
Misericordia preventiva: Dios
se anticipa a nuestra necesidad de protección antes de que el
"vengador" nos alcance.
Seguridad absoluta: Mientras
el refugiado permaneciera dentro de los límites de la ciudad, estaba a salvo.
Fuera de Cristo, estamos expuestos; en Él, estamos seguros.
El Salmo 46. 1 dice que
"Dios es nuestro amparo y fortaleza". No intentemos pelear nuestras
batallas solos ni huyamos hacia el mundo; corramos hacia la Ciudad de Refugio
que es Jesús. Allí, bajo Su autoridad y por Su sacrificio, somos verdaderamente
libre. ¡El camino está abierto!
Dios les bendiga
abundantemente.

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