martes, 10 de febrero de 2026

Un momento... La lámpara que nunca se apaga

 


UN MOMENTO CON DIOS

La Lámpara que nunca se apaga

 

"Manda a los hijos de Israel que te traigan para el alumbrado aceite puro de olivas machacadas, para hacer arder las lámparas continuamente." (Levítico 24.2)

 

En el capítulo 24 de Levítico, Dios establece instrucciones específicas para las lámparas del Tabernáculo. No se trataba de cualquier combustible; debía ser aceite puro de olivas machacadas. Este detalle es vital: para obtener el aceite más claro y limpio, la aceituna no era simplemente exprimida, sino golpeada o "machacada".

En nuestra vida espiritual, a menudo la luz que más brilla es la que proviene de nuestros momentos de mayor presión. Las pruebas no están diseñadas para destruirnos, sino para extraer de nosotros ese "aceite puro" una fe refinada y una devoción sin impurezas, que permite que la presencia de Dios sea visible en medio de la oscuridad.

Es fascinante notar que el aceite era traído por "los hijos de Israel", pero era Aarón quien se encargaba de mantenerlo ardiendo. Esto nos habla de una responsabilidad compartida:

El pueblo aportaba el recurso: Nuestro compromiso diario con la oración y la Palabra es el combustible.

El sacerdote mantenía el orden: El Espíritu Santo toma nuestra disposición y la convierte en una llama constante.

La lámpara (el candelero de oro) estaba situada en el Lugar Santo, fuera del velo. Su propósito era iluminar el camino hacia la presencia de Dios. Como creyentes, somos llamados a ser ese candelero en un mundo en tinieblas. Si dejamos de "traer el aceite", si descuidamos nuestra comunión íntima, la lámpara se apaga y el testimonio se pierde.

La instrucción de Dios era clara: las lámparas debían arder continuamente. No solo cuando hubiera una celebración o cuando el pueblo se sintiera inspirado. La fe bíblica no es emocional ni esporádica; es una disciplina de perseverancia.

A veces, mantener la llama encendida parece una tarea agotadora. Sin embargo, Levítico nos recuerda que el mantenimiento de la luz es un decreto perpetuo. Dios no busca llamaradas momentáneas de entusiasmo, sino una combustión constante de fidelidad.

¿Cómo está el nivel de nuestro "aceite"? Si hoy nos sentimos "machacado" por las circunstancias, recordemos que Dios está extrayendo de nosotros una pureza que no se obtiene en tiempos de comodidad. No permitamos que nuestra lámpara se apague por la rutina. Presentemos hoy nuestra vida como ese aceite puro, listo para ser consumido en Su servicio.

Dios les bendiga abundantemente.

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