viernes, 6 de febrero de 2026

Un momento... El aislamiento del alma

 


UN MOMENTO CON DIOS

El aislamiento del alma

 

Los capítulos 14 y 15 de Levítico suelen ser los que más rápido pasamos al leer la Biblia. Hablan de llagas, moho, fluidos corporales e impurezas. Sin embargo, detrás de estos rituales de salud pública se esconde una de las verdades espirituales más profundas: el deseo de Dios de restaurar lo que está roto.

En la Biblia, la "lepra" era más que una enfermedad; era una muerte en vida. El leproso era excluido de la comunidad y del tabernáculo. El ritual para su purificación era extraño y hermoso: se usaban dos aves. Una era sacrificada, y la otra era mojada en la sangre de la primera y luego liberada.

Jesús no evitaba a los leprosos; Él los tocaba. En Levítico, el sacerdote esperaba a que el leproso sanara para declararlo limpio. En el Evangelio, Jesús toca al impuro para sanarlo. Cristo murió para que nosotros pudiéramos ser libres de la "lepra" del pecado que nos aislaba de Dios y de los demás.

Para la mentalidad hebrea, la sangre y el flujo representaban la fuerza vital. Perder estos fluidos de manera descontrolada era un recordatorio de la fragilidad humana y de la caída. Todo lo que tocaba el impuro quedaba contaminado.

Recordemos a la mujer con flujo de sangre por doce años (Marcos 5). Según Levítico 15, ella era permanentemente impura y cualquiera que ella tocara también lo sería. Pero cuando ella toca el borde del manto de Jesús, la lógica de Levítico se invierte: en lugar de que ella contamine a Jesús, la pureza de Jesús la invade a ella.

Estos rituales nos enseñan que el pecado y la debilidad humana no son solo "errores", sino algo que mancha nuestra identidad y nos separa de la fuente de vida.

Levítico dice: "Mantente alejado porque eres impuro".

Cristo dice: "Ven a mí, porque yo te haré limpio".

Hoy, quizá no suframos de lepra cutánea, pero todos tenemos áreas "impuras": pensamientos de los que nos avergonzamos, heridas que no cierran o sentimientos de indignidad. Los rituales de Levítico han sido cumplidos. Ya no necesitamos ofrecer aves o lavarnos repetidamente en agua; la obra de Cristo es el "lavatorio" definitivo que nos permite entrar con confianza al lugar más santo.

Dios les bendiga abundantemente.

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