UN MOMENTO CON DIOS
Santidad en el Corazón
«Porque yo soy Jehová vuestro Dios; vosotros por tanto os santificaréis, y seréis santos, porque yo soy santo...» (Levítico 11. 44)
El capítulo 11 de Levítico
suele ser uno de los más desconcertantes para los lectores de este tiempo. ¿Por
qué a Dios le importaba si Su pueblo comía cerdo, langostas o peces sin
escamas? Lo que parece un simple manual de higiene era, en realidad, una de las
herramientas pedagógicas más poderosas para enseñar una verdad eterna: la
santidad de Dios abarca hasta los detalles más pequeños de la vida cotidiana.
Para el pueblo de Israel, las
leyes sobre animales limpios e inmundos servían como un recordatorio constante
de su identidad. Tres veces al día, al sentarse a la mesa, el israelita
recordaba que era alguien "apartado". No podían mezclarse
culturalmente de forma total con las naciones vecinas porque incluso su dieta
los diferenciaba. Dios usó lo más básico, la comida para entrenar sus mentes en
el concepto de discernimiento. Ser santo significa aprender a distinguir entre
lo que nos edifica y lo que nos contamina.
Muchos estudiosos señalan que
los animales "puros" eran aquellos que representaban el orden
establecido por Dios en la creación, mientras que los "impuros"
solían ser depredadores, carroñeros o criaturas que desafiaban las
clasificaciones claras (como animales que viven en el agua, pero no tienen
aletas). Al evitar lo que simbolizaba la muerte o el caos, el pueblo reafirmaba
su compromiso con el Dios de la Vida. La pureza no era solo una cuestión de
bacterias, sino de lealtad espiritual y respeto al orden divino.
Aunque en el Nuevo Testamento
Jesús declaró limpios todos los alimentos (Marcos 7. 19), el principio de
Levítico 11 permanece: Dios desea que Su santidad permee nuestra cultura,
nuestros hábitos y nuestras decisiones privadas. Hoy no nos define lo que
comemos, pero sí nos define lo que permitimos que entre a nuestra mente y
corazón. El llamado a "ser santos porque Él es santo" sigue vigente, invitándonos
a evaluar si nuestras rutinas diarias honran a Dios o si nos estamos
conformando a los moldes de un mundo que ignora lo sagrado.
La santidad no es algo que se
vive solo en la iglesia; se vive en la cocina, en las redes sociales y en las
conversaciones casuales. Dios reclama soberanía sobre cada rincón de nuestra
existencia. ¿Hay "hábitos inmundos" en nuestra vida que necesitamos
apartar para caminar en mayor comunión con Él?
Dios les bendiga
abundantemente.

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