sábado, 7 de febrero de 2026

Un momento... El sacrificio perfecto

 


UN MOMENTO CON DIOS

El sacrificio perfecto

 

Levítico 16

 

Levítico 16 es el corazón del Pentateuco. En este capítulo se describe el Yom Kippur o el Día de la Expiación, la fecha más sagrada del calendario hebreo. Era el único día del año en que el Sumo Sacerdote podía cruzar el velo y entrar al Lugar Santísimo para presentarse ante la presencia directa de Dios.

El ritual era solemne y complejo. Aarón debía despojarse de sus vestiduras reales, lavarse y ponerse túnicas sencillas de lino. Esto nos enseña que nadie puede acercarse a la santidad de Dios con orgullo o méritos propios.

El centro del ritual involucraba dos machos cabríos:

El sacrificio por el pecado: Uno era inmolado, recordando que la paga del pecado es la muerte y que se requiere el derramamiento de sangre para el perdón.

El macho cabrío expiatorio (Azazel): Sobre el cual el sacerdote confesaba los pecados del pueblo para luego enviarlo lejos, al desierto. Este acto simbolizaba que Dios no solo perdona la culpa, sino que aleja la transgresión de nosotros.

Lo que en Levítico era una sombra anual y repetitiva, en Cristo se convirtió en una realidad eterna y perfecta. La epístola a los Hebreos nos aclara que Jesús no entró en un tabernáculo hecho por manos humanas, sino en el cielo mismo.

A diferencia de Aarón, que debía ofrecer sacrificios primero por sus propios pecados, Jesús, el Cordero sin mancha se ofreció a sí mismo. Él es, simultáneamente:

El Sumo Sacerdote que intercede por nosotros.

La Víctima cuya sangre satisface la justicia divina.

El Velo rasgado que nos permite entrar con confianza al trono de la gracia.

A veces cargamos con culpas del pasado como si el sacrificio de Cristo no fuera suficiente. Intentamos "pagar" nuestras faltas con buenas obras o castigo personal. Sin embargo, Levítico 16 nos recuerda que la expiación es obra de Dios, no del hombre.

Hoy no necesitamos un velo, ni un templo de piedra, ni rituales externos. Tenemos un acceso permanente. Nuestro perdón no es una tregua temporal, sino una redención eterna. Cuando el enemigo nos acuse, recordemos que Cristo ya llevó nuestros pecados al olvido y que su sangre habla más fuerte que nuestros errores.

Dios les bendiga abundantemente.

 

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