UN MOMENTO CON DIOS
El peligro de mirar con los ojos
de la carne
Números 14. 1 - 12
El capítulo 14 de Números representa uno de los momentos más tristes en la historia de Israel. Tras el informe de los doce espías, el pueblo se encuentra ante una encrucijada: confiar en la promesa de Dios o ceder al pánico. Lamentablemente, eligieron el miedo, y las consecuencias resonaron por cuarenta años.
La rebelión no comenzó con una
espada, sino con una queja. El pueblo lloró toda la noche, deseando haber muerto
en Egipto. Es fascinante y aterrador cómo el miedo tiene el poder de reescribir
nuestro pasado. De repente, la esclavitud en Egipto les parecía
"mejor" que el desafío de la Tierra Prometida.
Cuando permitimos que la queja
domine nuestra boca, perdemos de vista las victorias que Dios ya nos ha dado.
El murmullo es el lenguaje de la incredulidad.
En medio del caos, solo dos
voces se mantuvieron firmes: Josué y Caleb. Su argumento no era que los
gigantes no existieran, sino que Dios era más grande. Ellos dijeron: "Si
Jehová se agradare de nosotros, él nos llevará a esta tierra".
La diferencia entre los diez
espías y estos dos no fue la realidad que vieron, sino el lente con el que la
miraron. Mientras el pueblo veía obstáculos, Josué y Caleb veían una oportunidad
para que Dios se glorificara.
Dios es tardo para la ira y
grande en misericordia, pero Él toma en serio nuestras palabras. El pueblo
confesó: "¿Por qué nos trae Jehová a esta tierra para caer a
espada?". Dios les respondió con la misma moneda: se les concedería
exactamente lo que confesaron. No entrarían a la tierra.
Es un recordatorio sobrio de
que la incredulidad nos estanca. Dios no los castigó por no ser lo
suficientemente fuertes, sino por no creer que Él era lo suficientemente
fuerte.
A menudo nos encontramos
frente a nuestros propios "gigantes" (problemas financieros, crisis
familiares o miedos personales). En esos momentos, tenemos dos opciones:
Enfocarnos en el tamaño del
gigante: Lo que produce parálisis y deseo de retroceder.
Enfocarnos en la fidelidad de
Dios: Lo que produce la valentía necesaria para poseer la bendición.
Está en nosotros mirar con los
ojos de la fe o mirar con los ojos de nuestra carne.

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