UN MOMEMTO CON DIOS
La falta de misericordia
“Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.” (mateo 5. 7)
La falta de misericordia es
uno de los males más silenciosos pero devastadores en nuestras relaciones personales
y como sociedad. Cuando el corazón humano se endurece y deja de mirar al otro
con compasión, se rompe el vínculo que nos une como hermanos y se apaga la luz
del amor de Dios en nosotros.
La misericordia no es
debilidad, ni indulgencia injusta. Es la capacidad de ver al otro en su
fragilidad y dolor, y actuar con comprensión, perdón y amor. Cuando falta la
misericordia, reina el juicio, la crítica destructiva, la indiferencia y,
muchas veces, la violencia. Nos volvemos jueces severos de los errores ajenos,
sin considerar nuestras propias faltas. Jesús mismo lo advirtió en Mateo 5. 7: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos
alcanzarán misericordia.” La falta de misericordia nos aleja del corazón de
Dios, porque Él es misericordioso por esencia.
En las Escrituras, vemos cómo
los fariseos, expertos en la Ley, muchas veces carecían de misericordia. Se
centraban en el cumplimiento externo de normas, olvidando el amor, la
comprensión y el perdón. Jesús los confrontó porque preferían condenar que
levantar al caído. Hoy en día, podemos caer en esa misma actitud cuando
señalamos los errores de otros sin tenderles una mano, cuando juzgamos sin
conocer, o cuando negamos una segunda oportunidad.
La falta de misericordia
también se manifiesta cuando no somos capaces de perdonar, cuando nos cerramos
al dolor ajeno o cuando despreciamos a quienes consideramos inferiores. Esta
actitud no solo hiere a los demás, sino que también nos endurece a nosotros
mismos, robándonos la paz interior y la alegría del Evangelio.
Dios nos llama a ser reflejo
de su amor misericordioso. Él no nos trata según nuestros pecados, sino que nos
perdona, nos restaura y nos abraza como hijos. Si hemos recibido misericordia,
¿cómo no ofrecerla también? Que nunca falte en nosotros un corazón compasivo,
dispuesto a comprender, perdonar y acompañar al que sufre. Solo así
construiremos un mundo más humano, más justo y más parecido al Reino de Dios.
Dios les bendiga
abundantemente.

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