UN MOMENTO CON DIOS
Ser honestos con Dios
«Por tanto, no refrenaré mi boca; hablaré en la angustia de mi espíritu, y me quejaré con la amargura de mi alma» (Job 7. 11)
En lugar de fingir una paz que
no sentía, Job se vacía ante su Creador.
A menudo pensamos que para
acercarnos a Dios debemos usar palabras solemnes o reprimir el llanto y la
frustración. Sin embargo, la oración de Job nos enseña que el Señor prefiere un
lamento honesto antes que una alabanza hipócrita. Él conoce nuestra estructura
y sabe que somos polvo; no rechaza nuestro dolor, sino que nos invita a
entregárselo sin filtros.
En medio de su sufrimiento,
Job siente que la atención de Dios sobre él es asfixiante. Pregunta: «¿Qué es
el hombre para que lo engrandezcas, y para que pongas sobre él tu corazón?»
(Job 7. 17). En su perspectiva distorsionada por la aflicción, la mirada
vigilante de Dios se siente como la de un juez severo que no lo deja ni
"tragar saliva".
La depresión y el dolor
crónico tienen el poder de nublar nuestra visión espiritual. Es completamente
normal que, en las temporadas de crisis prolongadas, malinterpretemos las
intenciones de Dios y sintamos que se ha vuelto nuestro enemigo.
El valor de este texto es que
nos valida, está bien sentir que no podemos más y está bien expresárselo a Él.
Job cierra el capítulo
deseando la muerte, sintiendo que su vida es solo un soplo. Aunque en este
punto él no ve la salida, el desenlace de su historia nos recuerda que el
sufrimiento tiene fecha de caducidad.
Lo que hoy parece eterno es,
en la perspectiva divina, una temporada de transición.
Clamar a Dios en medio de la
amargura no es falta de fe; es saber a quién acudir cuando ya no nos quedan
fuerzas. No nos guardemos el dolor ni nos alejemos de Él por vergüenza a nuestras
dudas. El mismo Dios que escuchó los lamentos de Job está listo para abrazar nuestra
vulnerabilidad hoy.
Dios les bendiga
abundantemente.
Si estás alejado o si nunca
antes hiciste una oración entregando tu vida a Dios has esta oración:
Señor Jesús, me arrepiento de
mis pecados. Perdóname y limpia mi corazón. Te entrego mi vida hoy; te recibo
como mi único Salvador y te pido que me guíes y habites en mí por siempre.
Amén.

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