UN MOMENTO CON DIOS
El Peligro de Justificarnos a nosotros
mismos
Job 34. 1 - 9
«¿Qué hombre hay como Job, que bebe el escarnio como agua, y va en compañía con los que hacen iniquidad...? Porque ha dicho: "De nada servirá al hombre el deleitarse en Dios". Por tanto, varones de entendimiento, oídme: Lejos esté de Dios la impiedad...»
Después de que los tres amigos
de Job guardaron silencio, un joven llamado Eliú tomó la palabra. A diferencia
de los otros, Eliú no acusa a Job de haber sufrido por causa de un pecado del
pasado, sino que lo confronta por el pecado que está cometiendo en el presente
de su dolor, la arrogancia. Eliú nota que, en su desesperación por defender su
inocencia, Job ha cruzado una línea peligrosa, llegando a insinuar que Dios está
siendo injusto con él.
Es fácil juzgar a Job desde la
distancia, pero la realidad es que el dolor prolongado tiene una forma de
desgastar nuestra humildad. Cuando las oraciones no reciben la respuesta que
esperamos o cuando vemos que los que no buscan a Dios viven sin problemas, el
orgullo puede susurrar al corazón: «He sido fiel en vano; Dios no está siendo
justo conmigo». Al hacer esto, nos colocamos en el asiento del juez y sentamos
al Creador en el banquillo de los acusados.
La fuerte reprensión de Eliú
nos invita a examinar nuestro corazón ante la soberanía divina a través de
estos puntos:
Defender nuestra inocencia no
debe implicar acusar a Dios: Job tenía derecho a sentirse herido, pero su error
comenzó cuando, para justificarse a sí mismo, comenzó a cuestionar la rectitud
y los motivos del Omnipotente.
El dolor no justifica la
irreverencia: Atravesar una crisis nos da derecho a llorar, a quejarnos y a
derramar el alma en honestidad, pero nunca nos da el derecho de perderle el
respeto a Dios o asumir que sabemos más que Él.
Dios es más grande que
nuestros argumentos: Eliú le recuerda a Job que Dios no tiene que rendirnos
cuentas. Nuestra mente humana es demasiado limitada para comprender el mapa
completo de Sus propósitos eternos.
Cuando pasemos por el
desierto, cuidemos nuestras palabras. Está bien decirle a Dios: "Señor, me
duele y no entiendo", pero es peligroso decirle: "Señor, te estás
equivocando conmigo". Mantener la humildad en la prueba es la llave para
que el sufrimiento nos pula en lugar de endurecernos.
Dios les bendiga
abundantemente.
Si estás alejado o si nunca
antes hiciste una oración entregando tu vida a Dios has esta oración:
Señor Jesús, me arrepiento de
mis pecados. Perdóname y limpia mi corazón. Te entrego mi vida hoy; te recibo como
mi único Salvador y te pido que me guíes y habites en mí por siempre. Amén.

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