UN MOMENTO CON DIOS
Dos Caminos, Una Elección
El Salmo 1 es la gran puerta de entrada al libro de los Salmos y funciona como un compás espiritual para nuestra vida diaria. Desde el primer versículo, el salmista nos presenta un contraste radical, no hay terrenos neutrales en los caminos de Dios. O caminamos en la senda de la vida, o nos desvanecemos en el camino de la corriente del mundo.
El salmo comienza con una
progresión casi imperceptible, andar, detenerse y sentarse.
Primero, se anda escuchando el
consejo de los malos.
Luego, uno se detiene a
contemplar el camino de los pecadores.
Finalmente, se termina sentado
(cómodo y asimilado) en la silla de los escarnecedores.
El pecado rara vez nos atrapa
de golpe; suele ser el resultado de pequeñas concesiones diarias. La verdadera
bienaventuranza, la felicidad profunda y duradera, comienza con un
"no" radical a las corrientes que nos alejan de Dios.
¿Cuál es el antídoto para no
caer en ese ciclo? Deleitarse en la Palabra de Dios. El verso 2 nos invita a
meditar en ella "de día y de noche". Meditar no es vaciar la mente,
sino llenarla con las verdades de Dios, rumiarlas hasta que pasen de la cabeza
al corazón.
"Será como árbol plantado
junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y
todo lo que hace, prosperará." (Salmo 1. 3)
A diferencia del
"tamo" (la paja seca que el viento se lleva sin dejar rastro), el
creyente que echa raíces en las Escrituras se vuelve inamovible. No depende de
las circunstancias externas (las sequías de la vida), porque su fuente de
nutrición es eterna. Su fruto llega "en su tiempo", recordándonos que
los procesos de Dios requieren paciencia.
¿Dónde estamos buscando
sabiduría? ¿En el ruido de las redes sociales y el consejo popular, o en la
quietud de las Escrituras? Elijamos deleitarnos en Su ley, y nuestra vida
reflejará la estabilidad de un árbol que ninguna tormenta puede arrancar.
Dios les bendiga
abundantemente.
Si
estás alejado o si nunca antes hiciste una oración entregando tu vida a Dios
has esta oración:
Señor
Jesús, me arrepiento de mis pecados. Perdóname y limpia mi corazón. Te entrego
mi vida hoy; te recibo como mi único Salvador y te pido que me guíes y habites
en mí por siempre. Amén.

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