lunes, 15 de junio de 2026

Un momento... Cuando la injusticia llama a la puerta

 


UN MOMENTO CON DIOS

Cuando la injusticia llama a la puerta

 

Salmo 7. 1 - 2, 10

 

«Jehová Dios mío, en ti me he confiado; sálvame de todos los que me persiguen, y líbrame... Mi escudo está en Dios, que salva a los rectos de corazón».

 

El Salmo 7, escrito por David, nace en un momento de profunda vulnerabilidad. Se le describe como una canción triste o un clamor ferviente ante las falsas acusaciones y la persecución de sus enemigos (especialmente de Cus, el benjamita). En la vida, todos nos hemos enfrentado a ese trago amargo: cuando hablan mal de nosotros a las espaldas, cuando se malinterpretan nuestras intenciones o cuando el suelo parece derrumbarse por culpa de la injusticia ajena.

La primera reacción humana suele ser el contraataque, el rencor o la desesperación. Sin embargo, David nos enseña un camino radicalmente diferente: correr hacia el único Juez Justo.

Este salmo nos deja dos lecciones fundamentales para nuestro caminar diario:

La valentía de la integridad: En los versículos 3 al 5, David hace algo sorprendente: le pide a Dios que, si él ha actuado mal o ha pagado con mal al que estaba en paz con él, entonces sea entregado a su enemigo.

Esto nos desafía a evaluar nuestro propio corazón. Antes de clamar por justicia contra otros, debemos asegurarnos de que nuestras manos estén limpias.

La integridad no significa ser perfectos, sino caminar en transparencia ante Dios.

Dios es nuestro escudo protector, cuando nuestra conciencia está tranquila, podemos descansar en una verdad absoluta. Dios es un juez justo que no se deja llevar por las apariencias. David no busca venganza por mano propia; le traslada el caso al tribunal del Cielo. Al declarar que «Mi escudo está en Dios», reconoce que no necesita defenderse con garras y dientes; el Altísimo es su defensa.

¿Hay alguien levantando falsos testimonios en nuestra contra? ¿Nos sentimos abrumados por una situación injusta en nuestro trabajo, familia o estudios?

Soltemos la carga, no gastemos energía intentando vengar nuestro nombre. Entreguémosle nuestra causa a Dios en oración.

Examinemos nuestro corazón, pidámosle al Espíritu Santo que nos muestre si hay algo que debamos corregir en nuestra actitud.

Descansemos en Su justicia, recordemos que la maldad tiene fecha de caducidad. Dios defiende a los rectos de corazón a Su debido tiempo.

Dios les bendiga abundantemente.

 

Si estás alejado o si nunca antes hiciste una oración entregando tu vida a Dios has esta oración:

 

Señor Jesús, me arrepiento de mis pecados. Perdóname y limpia mi corazón. Te entrego mi vida hoy; te recibo como mi único Salvador y te pido que me guíes y habites en mí por siempre. Amén.

 

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