UN MOMENTO CON DIOS
Cuando la injusticia llama a
la puerta
Salmo 7. 1 - 2, 10
«Jehová Dios mío, en ti me he confiado; sálvame de todos los que me persiguen, y líbrame... Mi escudo está en Dios, que salva a los rectos de corazón».
El Salmo 7, escrito por David,
nace en un momento de profunda vulnerabilidad. Se le describe como una canción
triste o un clamor ferviente ante las falsas acusaciones y la persecución de
sus enemigos (especialmente de Cus, el benjamita). En la vida, todos nos hemos
enfrentado a ese trago amargo: cuando hablan mal de nosotros a las espaldas,
cuando se malinterpretan nuestras intenciones o cuando el suelo parece
derrumbarse por culpa de la injusticia ajena.
La primera reacción humana
suele ser el contraataque, el rencor o la desesperación. Sin embargo, David nos
enseña un camino radicalmente diferente: correr hacia el único Juez Justo.
Este salmo nos deja dos
lecciones fundamentales para nuestro caminar diario:
La valentía de la integridad:
En los versículos 3 al 5, David hace algo sorprendente: le pide a Dios que, si
él ha actuado mal o ha pagado con mal al que estaba en paz con él, entonces sea
entregado a su enemigo.
Esto nos desafía a evaluar
nuestro propio corazón. Antes de clamar por justicia contra otros, debemos
asegurarnos de que nuestras manos estén limpias.
La integridad no significa ser
perfectos, sino caminar en transparencia ante Dios.
Dios es nuestro escudo
protector, cuando nuestra conciencia está tranquila, podemos descansar en una
verdad absoluta. Dios es un juez justo que no se deja llevar por las
apariencias. David no busca venganza por mano propia; le traslada el caso al
tribunal del Cielo. Al declarar que «Mi escudo está en Dios», reconoce que no
necesita defenderse con garras y dientes; el Altísimo es su defensa.
¿Hay alguien levantando falsos
testimonios en nuestra contra? ¿Nos sentimos abrumados por una situación
injusta en nuestro trabajo, familia o estudios?
Soltemos la carga, no gastemos
energía intentando vengar nuestro nombre. Entreguémosle nuestra causa a Dios en
oración.
Examinemos nuestro corazón, pidámosle
al Espíritu Santo que nos muestre si hay algo que debamos corregir en nuestra
actitud.
Descansemos en Su justicia, recordemos
que la maldad tiene fecha de caducidad. Dios defiende a los rectos de corazón a
Su debido tiempo.
Dios les bendiga
abundantemente.
Si estás alejado o si nunca
antes hiciste una oración entregando tu vida a Dios has esta oración:
Señor Jesús, me arrepiento de
mis pecados. Perdóname y limpia mi corazón. Te entrego mi vida hoy; te recibo
como mi único Salvador y te pido que me guíes y habites en mí por siempre.
Amén.

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