UN MOMENTO CON DIOS
Obediencia por Amor
Si el capítulo 9 de Deuteronomio nos enseñaba que no merecemos la victoria, el capítulo 11 nos explica cómo mantenernos en ella. Moisés presenta aquí un ultimátum espiritual, la vida no es un caos de coincidencias, sino una serie de consecuencias basadas en nuestra respuesta a la voz de Dios.
El capítulo comienza con un
imperativo: “Amarás, pues, a Jehová tu Dios, y guardarás sus ordenanzas...” (v.
1).
A menudo vemos la obediencia
como una carga pesada o una lista de reglas frías. Sin embargo, para Dios, la
obediencia es el lenguaje del amor. No obedecemos para que Él nos ame, sino
porque Él nos amó primero. Moisés les recuerda los milagros en Egipto y el Mar
Rojo (v. 3-4); la memoria de la gratitud debe ser lo que impulse nuestros pies
a seguir Sus mandamientos.
Moisés hace una comparación
fascinante entre Egipto y la Tierra Prometida (v. 10-12). En Egipto, el pueblo
regaba la tierra "con su pie", como una huerta, dependiendo de su
propio esfuerzo y de los canales del Nilo. Pero la tierra que iban a poseer era
diferente: una tierra de montes y valles que bebe el agua de la lluvia del
cielo.
Esta es una metáfora poderosa
para nuestra vida espiritual: Egipto representa el esfuerzo humano, el control
y el agotamiento.
Canaán representa la
dependencia total. Si hay obediencia, hay lluvia. Si hay lluvia, hay fruto.
Dios nos está llamando a salir
de la mentalidad de "regarlo todo con nuestro pie" y entrar en una
dimensión donde nuestra provisión depende de nuestra conexión con lo alto.
El capítulo cierra con una
imagen gráfica, el Monte Gerizim (bendición) y el Monte Ebal (maldición). Dios
pone delante de nosotros un camino.
La obediencia no es un juego
de azar. Es una siembra. El versículo 26 es tajante: “He aquí yo pongo hoy
delante de vosotros la bendición y la maldición”. Dios es tan respetuoso de
nuestra voluntad que nos permite elegir el resultado de nuestra vida. La
bendición no es un golpe de suerte, es el fruto de caminar en Sus caminos.
La obediencia en Deuteronomio
11 no es opcional si queremos ver la plenitud de Dios. Se trata de fijar Sus
palabras en nuestro corazón y en nuestra alma (v. 18), enseñándolas a nuestros
hijos y escribiéndolas en nuestra casa.
Dios les bendiga abundantemente.

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