UN MOMENTO CON DIOS
La Trampa de la Indiferencia
Deuteronomio 22. 1 - 3
A menudo leemos las leyes del Antiguo Testamento como una lista rígida de reglas distantes. Sin embargo, cuando nos detenemos en pasajes como Deuteronomio 22. 1 - 3, descubrimos que Dios no solo estaba estableciendo normas de propiedad, sino que estaba moldeando el carácter de Su pueblo.
El pasaje comienza con una
instrucción clara: “No verás el buey de tu hermano, o su cordero, perdidos, y
te negarás a ellos; los volverás a tu hermano”.
La frase clave aquí es “te
negarás a ellos” (o "hacerse de la vista gorda"). Es la tentación
humana universal de decir: "No es mi problema". Es más fácil seguir
de largo, fingir que no vimos la necesidad del otro para no interrumpir nuestra
agenda o nuestro descanso. Pero para Dios, la indiferencia es una forma de
desobediencia. El amor al prójimo comienza cuando decidimos no mirar hacia otro
lado.
El versículo 2 nos lleva un
paso más allá. Si el dueño no vivía cerca o no lo conocían, no estaban libre de
responsabilidad. Debían llevar el animal a su casa y cuidarlo hasta que el
dueño lo busque.
Esto nos habla de una bondad
proactiva. No basta con no robar; la santidad implica proteger lo que le
pertenece al otro. Requiere esfuerzo, hay que alimentar al animal ajeno, darle
espacio y tiempo. En nuestro contexto actual, esto se traduce en cuidar la
reputación de alguien cuando no está presente, o ayudar a un colega con una
carga de trabajo, aunque no recibamos el crédito.
El versículo 3 cierra el
círculo: “Así harás con su asno, así harás también con su vestido, y lo mismo
harás con toda cosa perdida de tu hermano”. Dios no hace acepción de objetos;
ya sea un buey costoso o un simple manto, la integridad debe ser la misma.
Nuestra fidelidad a Dios se
pone a prueba en las cosas pequeñas que "nadie ve". Si encontramos
algo que no nos pertenece, la ética del Reino nos llama a buscar restaurarlo,
no a quedárnoslo bajo el pretexto de la "buena suerte".
En un mundo que nos empuja al
individualismo extremo, estos versículos nos recuerdan que somos los guardianes
de nuestros hermanos. La ley de Dios siempre apunta a la restauración. Si Dios
se preocupa por un buey extraviado o un manto perdido, ¡cuánto más se preocupa
por las personas que se sienten perdidas a nuestro alrededor!
Dios les bendiga
abundantemente.

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