UN MOMENTO CON DIOS
La Guerra no es de los
Valientes, sino de los Creyentes
El capítulo 20 de Deuteronomio es un manual de guerra único en la historia de la humanidad. Mientras que otros ejércitos de la antigüedad se enfocaban en el número de carros, la fuerza de los jinetes o la ferocidad de sus soldados, Dios le dio a Israel una estrategia basada en la identidad y la confianza absoluta.
Al enfrentar nuestras propias
batallas hoy ya sean emocionales, espirituales o financieras, las leyes de
guerra de Dios nos ofrecen principios eternos de victoria.
El capítulo abre con una orden
drástica: "Cuando salgas a la guerra... y veas caballos y carros, y un
pueblo más numeroso que tú, no tengas temor de ellos".
Dios no ignora la realidad. Él
sabe que el enemigo puede parecer más grande y mejor equipado. Sin embargo, el
argumento para no temer no es la autoconfianza, sino un hecho histórico:
"Jehová tu Dios está contigo, el cual te sacó de la tierra de
Egipto". La memoria de tu liberación pasada es el combustible para tu
valentía presente. Si Dios te sacó de la esclavitud, no te dejará morir en el
campo de batalla.
Antes de que el general
hablara, debía hablar el sacerdote. Esto nos enseña que toda batalla es primero
espiritual.
El mensaje del sacerdote era
simple: "No se desmaye vuestro corazón... porque Jehová vuestro Dios va
con vosotros". En nuestras crisis, solemos buscar primero el consejo del
experto, del abogado o del médico. Dios nos llama a buscar primero Su voz,
alineando nuestro espíritu antes de mover nuestras manos. La victoria se decide
en la oración antes de ejecutarse en la acción.
Quizás la parte más
sorprendente es la lista de "exenciones" del servicio militar. Dios
permitía que se fueran a casa aquellos que: Habían edificado una casa nueva. Habían
plantado una viña. Estaban comprometidos para casarse.
Tuvieran miedo o fueran de
corazón apocado.
Dios no quería un ejército de
hombres distraídos o aterrorizados. Esto revela que a Dios no le interesan las
multitudes forzadas, sino los corazones entregados. Él prefiere un grupo
pequeño que confíe plenamente, que una multitud que dude de Su poder. El miedo
es contagioso, pero la fe también lo es.
Incluso en la guerra, Dios
puso límites. Antes de atacar una ciudad, debían ofrecer la paz. Además,
prohibió talar los árboles frutales para construir máquinas de sitio,
preguntando retóricamente: "¿Es acaso el árbol del campo un hombre para
que venga contra ti en el sitio?". Dios nos llama a pelear con integridad,
sin destruir lo que es fuente de vida para el futuro.
Hoy, nuestra batalla puede
parecer "más numerosa" que nuestras fuerzas. Pero recordemos, no
necesitamos ser un gigante para vencer a un gigante; solo necesitamos que el
Gigante de los Cielos vaya delante de nosotros. Identifiquemos qué
"distracciones" están debilitando nuestra fe y rindámoslas al Señor.

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