UN MOMENTO CON DIOS
El Altar de la Gratitud
Deuteronomio 26
Deuteronomio 26 marca un momento emocionalmente alto en el viaje de Israel. Tras décadas de vagar por el desierto, Moisés les da instrucciones sobre lo que deben hacer al entrar finalmente en la Tierra Prometida. No les pide que construyan un fuerte primero, sino que preparen una ofrenda de gratitud.
El ritual de las primicias
(los primeros frutos de la cosecha) consistía en poner lo mejor de la tierra en
una canasta y llevarlo ante el sacerdote. Este acto no era un simple impuesto
religioso; era una declaración pública: "Reconozco que esto no es mío,
sino que me fue dado".
A menudo, cuando logramos
metas o estabilidad financiera, caemos en la trampa del "yo lo hice".
Olvidamos que el aire en nuestros pulmones y las oportunidades que se abrieron
fueron regalos de la gracia de Dios. Las primicias nos obligan a pausar y
recordar quién es la verdadera fuente de nuestra provisión.
Lo más hermoso de este
capítulo es la "confesión" que el adorador debía decir (vv. 5 - 9).
No solo entregaba la canasta, sino que contaba su historia: "Un arameo a
punto de perecer fue mi padre...".
Dios no quería que olvidaran
su pasado de esclavitud en Egipto. ¿Por qué? Porque quien olvida de dónde
viene, pierde la capacidad de ser agradecido. Recordar nuestra
"esclavitud" (ya sea el pecado, la soledad o la escasez) hace que el
"fruto" que tenemos hoy sea mucho más dulce. La gratitud bíblica está
profundamente conectada con la memoria.
El pasaje termina con una
instrucción sobre el diezmo para el levita, el extranjero, el huérfano y la
viuda (v. 12). La verdadera adoración a Dios siempre tiene una dimensión
horizontal.
No podemos decir que amamos a
Dios y somos agradecidos con Él si cerramos nuestro puño ante los vulnerables.
La gratitud que Dios busca es aquella que se convierte en generosidad. Cuando
reconocemos que Dios ha sido abundante con nosotros, nos resulta natural (y
necesario) ser abundantes con los demás.
Las "primicias" hoy
no son necesariamente una canasta de higos o cebada. Son los primeros momentos
de nuestro día, el primer porcentaje de nuestros ingresos y el primer lugar en
nuestro corazón. Al dar lo primero a Dios, estamos declarando que confiamos en
Él para el resto de lo que está por venir.

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