Los
líderes religiosos tenían que persuadir a los gobernantes romanos a que
sentenciaran a Jesús a muerte porque ellos no tenían la autoridad para hacerlo.
Salvó
a otros, decían, ¡pero no puede salvarse a sí mismo! ¡Y es el Rey de Israel!
Que baje ahora de la cruz y así creeremos en él. Confía en Dios; pues que lo
libre Dios ahora, si de veras lo quiere. ¿Acaso no dijo: “Yo soy el Hijo de
Dios”?
Estando
Jesús en Betania, en casa de Simón llamado el Leproso, se acercó una mujer con
un frasco de alabastro lleno de un perfume muy caro, y lo derramó sobre la
cabeza de Jesús mientras él estaba sentado a la mesa.Mateo 26. 6 – 7